Torero de Lladró en mitad de una verónica | Fotografía: Claudio Moreno
Torero de Lladró en mitad de una verónica | Fotografía: Claudio Moreno

La brecha creativa de Lladró

Claudio Moreno
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Ya no corre el cava en Lladró. Durante décadas, la firma de porcelana portó la bandera española en mercados internacionales rendidos a la lujosa elegancia de sus figuritas; piezas de coleccionista donde los temas universales compartían vitrina con quijotes, flamencas y toreros en plena faena. Lladró fue embajador de un país que en los noventa se abrió al mundo con los escaparates de la Expo y las Olimpiadas, pero el cambio de siglo trajo borrascas y todo el esplendor de la marca quedó sepultado bajo una sucesión de malas decisiones. 

El proceso está ampliamente documentado: el sueño de Juan, José y Vicente, hijos de labriegos sin estudios que en 1953 deciden hacer figuritas en un horno de Almàssera y terminan regentando una tienda-museo junto a la Quinta Avenida de Nueva York; el largo declive de la empresa familiar que languidece en manos de los hijos y se desfigura bajo el control de gestores externos; la concatenación de despidos masivos; la desnaturalización; el miedo. Últimamente, la historia de Lladró se cuenta en clave administrativa, pero se olvida otro factor igualmente determinante en su descenso a la irrelevancia: la pérdida del pulso creativo.

El siguiente dato retrata bien esa pérdida: “Cuando yo trabajaba allí éramos unos veintimuchos escultores, ahora no llegan a diez”, explica Toni Ramos, que  entró en la empresa de Tavernes Blanques en el año 1982 y, durante el mandato de los tres hermanos, siempre sintió respeto hacia su labor creativa. “Me sentía partícipe de la empresa, me la creía y trabajaba a gusto”, cuenta el valenciano, que en aquellos tiempos tenía el respaldo para explorar conceptos e ideas innovadoras, despegadas del mercado. Le dejaban volar alto porque, entonces, los escultores de Lladró eran artistas de primer orden. 

“Nuestras figuras tenían un enorme éxito y ese éxito repercutía en nosotros. Hacíamos promociones; recorríamos Estados Unidos y exhibíamos nuestro trabajo en tiendas en las que se comercializaban las figuras.  Notabas que la gente estaba enamorada de Lladró. A mí llegaron a besarme las manos. Como si fueras Dios”, recuerda Toni Ramos en una anécdota que retrata el fervor de los estadounidenses ante su arte. Tanto era así que Michael Jackson o Michael Douglas, estrellas privilegiadas del momento, también quisieron estrechar las manos de aquel escultor. 

Semejante reconocimiento era el broche de un recorrido creativo libre, intenso y enfrentado al de otros escultores. “Cada mes proponíamos ideas, hacíamos bocetos y después pasaban los tres hermanos clasificando tu trabajo. “Ésta nos gusta. Ésta podrías hacerla. Ésta es interesante pero no encaja en Lladró”. Tras la deliberación pertinente establecían un ranking y finalmente decidían cuáles ocuparían un hueco en el catálogo de la compañía”, rememora el escultor valenciano. “Los hermanos sabían cuál era su producto y lo amaban, por eso les iba bien; pero en cuanto cedieron el poder las cosas cambiaron”. 

Caballo de Lladró en medio de un relincho | Fotografía: Claudio Moreno
Caballo de Lladró en medio de un relincho | Fotografía: Claudio Moreno

Una vez que empezaron a caer las ventas y Juan, José y Vicente delegaron el control de la empresa en sus hijos, el respeto hacia la creatividad quedó seriamente dañado. Los vástagos se rodearon de asesores y éstos recomendaron convertir la boutique de artesanía en una factoría de ‘best sellers’, de modo que los escultores tuvieron que autoplagiar sus piezas más vendidas para sobrevivir en el nuevo contexto de la compañía. “Te limitaban y te dirigían. Decían: el mercado pide esto. Pero si tú coges la mano del escultor y le dices como tiene que hacer su trabajo, no funciona”, apunta Ramos, que terminó siendo despedido con el nuevo equipo directivo.  

No fue el único, claro. En el nuevo siglo, la pléyade de escultores reconocidos, casi todos crecidos en el circuito fallero y dueños de estilos intransferibles –”en Lladró parece todo homogéneo pero quien conoce a los escultores identifica enseguida sus piezas”–, fue perdiendo espacio en una estructura que subordinaba cualquier pulsión artística al interés puramente comercial. Síntoma que a partir del año 2007 y, en especial, durante la última década, ha terminado siendo mucho más palpable.

Así lo percibe Javier Molina, escultor de la nueva hornada –entró en 2001– que fue despedido en el ERE de hace dos años. “Cuando yo me incorporé, enseguida ocurrió lo de las Torres Gemelas y con aquello Lladró sufrió mucho. Las cosas empezaron a ir mal, yo viví todo el declive: se pasó de vender infinitamente a instalarnos en el pensamiento de ‘hay que vender como sea’. Ocurre, no obstante, que con ese pensamiento corres el riesgo de prostituir tu arte”, reflexiona Molina. 

Carnaval veneciano de porcelana por valor de 185.000 euros | Fotografía: Claudio Moreno
Carnaval veneciano de porcelana a 185.000 euros | Fotografía: Claudio Moreno

Habla de arte con la mente puesta en Fulgencio García, Salvador Furió, Pepe Puche o Juan Huerta; algunos de los creadores del estilo Lladró. Hoy resulta difícil refrescar la línea que marcaron aquellos históricos, pues la estrategia de los últimos años consiste en taponar las ideas renovadoras para volcar toda la energía en los méritos del pasado. Pero sin libertad no hay creatividad: “Yo pienso una idea propia y me la creo, logro transmitir algo con ella. Cuando te imponen algo ya no te lo crees, y las cosas forzadas no salen bien”, subraya el escultor.  

¿Han dejado de vender por ese cambio de estrategia? A principios de los 2000 Lladró facturaba unos 180 millones de euros y hoy apenas supera los 30. ¿Están acusando el suicidio creativo? Lo cierto es que la crisis de la compañía admite interpretaciones de diversa índole –los muebles modernos no mezclan bien con las figuritas, el mercado del lujo se ha desplazado a otros productos, la porcelana pierde peso respecto a materiales más novedosos, etc.–, pero el riesgo de vaciar el alma de Lladró se ubica, sobre todo, en el escenario posterior a la tormenta. 

“Cuando los gestores echan a gente en los EREs y cuadran sus números mediante un algoritmo, a la vez deberían hacer la reflexión de dónde quieren estar mañana, porque en ese cuadrar números están tirando o prejubilando a gente con un conocimiento brutal de la porcelana. Si prescindes de tanto oficio, luego, a medio y largo plazo, vas a tener un problema fatal”, calcula Molina. El algoritmo mata al artesano y arruina las perspectivas de futuro: la crónica del siglo XXI. 

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