Elena Francis
El Consultorio de Elena Francis fue durante más de 30 años la herramienta de adoctrinamiento femenino del Franquismo y de la Iglesia católica en España. Fotos: Marga Ferrer/Institut d’Estudis Fotogràfics de Catalunya

La voz de una marioneta de la moralidad


El Instituto de Belleza Francis se llenaba cada semana de miles y miles de cartas de mujeres preocupadas por temas a priori ‘banales’ relacionados con la belleza, la estética y el cuidado del cabello o del cuerpo. Pero cada consulta escondía también la desesperación ante un mundo que las oprimía y las dudas y los miedos ante aquellas cuestiones de vital importancia y natural afronte en la actualidad concernientes a temas de sexo, autoestima o violencia de género.

Unas llamadas de atención que durante más de 30 años podrían haber sido atendidas desde la ayuda y el apoyo femenino más crucial para ellas, pero que, en lugar de ello, eran respondidas por la máxima expresión del Franquismo más adoctrinador y ‘encorsetador’, que quería a las mujeres calladas, obedientes, limpias y fieles a los cánones de la moral nacional católica.

Una voz, la de la supuesta ‘salvadora’ de las radioyentes (ya que en ese altar vital la alzaba la mayoría de las consumidoras del programa), Elena Francis, cuya identidad sonora tuvo cerca de una decena de nombres femeninos, que hacían de chivo expiatorio delante de las mentes pensantes de muchos hombres y de algunas mujeres que respondían a esas cartas a través de las ondas y, por privado, a cada una de las interesadas vía postal. La figura de una marioneta, aparentemente conciliadora y amable, que quería asegurarse de que el resto de las mujeres siguieran siendo también títeres del Poder y de la Iglesia.

Elena FrancisHace 12 años que muchas de esas cartas intercambiadas (de 1951 a 1972) se descubrieron por casualidad, más de 20 años después de que las últimas emisiones de El Consultorio de Elena Francis cesaran, en las dependencias de la masía de Can Tirel, barrio Fontsanta-Fatjó, en Cornellà de Llobregat (Barcelona). El Archivo Comarcal del Baix Llobregat rescató 100.000 y digitalizó 10.500 y ahora los investigadores Armand Balsebre y Rosario Fontova han utilizado una selección 4.000 de ellas para hacer una radiografía de la sociedad femenina en la época franquista y plasmarla en el libro Las cartas de Elena Francis (Ediciones Cátedra, 2018).

Elena Francis se convirtió en la gran consejera durante 33 años, ya que las mujeres le creían y ello suponía tener poder sobre sus conductas”, afirma Balsebre. Algunos niños le consultaban acerca de cuestiones escolares, así como algunos hombres, que se atrevían a pedir ayuda o asesoramiento para encontrar trabajo, para saber cómo ‘solucionar’ su homosexualidad o, a modo de agencia matrimonial, para encontrar esposa (incluso pedían la dirección de jóvenes adecuadas para ellos).

Pero las grandes protagonistas eran ellas, en su mayoría, jóvenes de entre 16 y 24 años, que preguntaban por temas relacionados con belleza (cómo agrandar los pechos, aumentar la altura, tener un pelo bonito, etc.) con el fin de cumplir con el perfil diseñado por el cine y agradar a los hombres o, incluso, a sus propios maridos, que ya habían perdido interés por ellas y que preferían irse con ‘pelantruscas’ y ‘señoras de mala vida’.

Muchas cartas de chicas jóvenes estaban relacionadas con el ritual del noviazgo: no le ha hecho caso después del baile; no sabe cuál es la distancia recomendable para bailar (ese era el único momento de unión física que tenían las parejas antes de casarse); se ha ido a la Mili y tiene miedo de que cuando vuelva ya no le quiera; tiene dudas sobre el momento de presentarle a sus padres, etc. O también con la inseguridad y la soledad vivida en el paso del campo a la ciudad”, explica Balsebre.

En el caso de las mujeres casadas las cuestiones de falta de autoestima se acrecentaban frente al pasotismo de los maridos, que ya no les veían guapas, que ya no les sacaban a ningún sitio y les tenían recluidas en casa o que les acusaban de haber envejecido con menos de 40 años. Hasta llegar a temas más delicados de violencia de género y violaciones: desde aquellas que habían sido violadas de jóvenes por familiares y no sabían si contárselo a su pareja hasta aquellas otras que eran vejadas directamente por los esposos.

Y la respuesta de Elena Francis siempre era ‘clarificadora’: la solución siempre era la resignación. “Si tu cuñado te había violado con diez años, no le cuentes nada a tu futuro marido, ya que te puede dejar, y confiésale al cura tu pecado (ella siempre es la culpable y él una víctima), o si tu esposo te pega y te viola después de dar a luz a tus cuatro hijos para marcarte como algo suyo y encima se va con otras, aguántate, porque la mujer ha venido a este mundo a sufrir y la felicidad eterna llegará después”, ironiza el investigador.

Incluso se culpabilizaba a la mujer de que su pareja se comportase así con ella. “El hombre se consideraba un ser infantil y ella debía ser la responsable de que se mantuviera recto y no se emborrachara (fuente de muchas de esas actuaciones negativas) y se fuera con ‘mujerzuelas’, que lo seducían y lo apartaban del buen camino”, añade Balsebre.

Más de 30 años de adoctrinamiento por ondas hercianas y por carta que, por suerte, queda en el recuerdo amargo de muchas mujeres que hoy peinan canas y en el cuaderno de aprendizaje de las más jóvenes, para no dejar que vuelva a repetirse.

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