Periodistas influyentes y firmas
La firma y el peso reputacional e influyente de los periodistas. MARGA FERRER

El cuarto poder de las firmas

Óscar Delgado

Óscar Delgado

Director en 360 Grados Press
Nací en Madrid, soy periodista porque en Salamanca así lo quisieron y vivo en el Mediterráneo porque nunca me gustó esa canción de Serrat.
Óscar Delgado

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El cuarto poder ahora es el financiero, o no; quizás no, pero lo que podemos asegurar es que los medios de comunicación dejaron de serlo, más o menos allá por donde divisamos el inicio de aquella crisis que marcó las dos primeras décadas del este siglo XXI. En paralelo a esa pérdida de peso específico en la agenda oficial que todo lo mueve, encontramos la circunstancia del adelgazamiento del prestigio de la profesión periodística. ¿También el de la firma?

¿Dónde ha quedado la reputación del plumilla o del fotoperiodista? ¿En qué punto se diluyó? -si es que se ha diluido y no estamos incurriendo en una falsa percepción-. De la puesta en común con colegas de la parte escrita y gráfica de los medios, queda la sensación de que el profesional ha dispersado su firma en numerosos trozos, sin salpicar a nigún eje en concreto. Es como si el nombre y apellido del periodista se hubiese atomizado, en distintas plataformas, canales y medios. Bajo este contexto, los fotoperiodistas han sabido ser camaleónicos y se han adaptado como han podido a las circunstancias precarias actuales de los medios tradicionales: o trabajan para varias cabeceras desde un prisma freelance, o lo hacen sin la capacidad para redondear un estilo propio solapado a una cabecera, especialización o seguimiento. Salvo en contextos tradicionales, principalmente de seguimiento de la actualidad política, es difícil que los compañeros gráficos coincidan como antes.

Porque no hace mucho una mayoría estaba contratada y otra minoría se introducía en los círculos “fotografiables” de la actualidad para hacerse un hueco, un nombre, una presencia profesional vinculada a la experiencia de los fotoperiodistas de siempre, los de medios tradicionales. Y, de ahí, surgían oportunidades de cubrir una baja, de reforzar una cobertura informativa de cara a un evento especial o una colaboración de fin de semana o esporádica. Había una cantera de nombres y apellidos jóvenes vinculados a la habilidad periodística de la fotografía informativa. Firmas con experiencia en hitos informativos conviviendo con firmas por hacerse.

Dichas firmas, lucían en pies de foto. El fotoperiodista de plantilla gustaba de cubrir trabajos que le ayudaran a consolidar su reputación, su firma, unida a la foto del día, a la que saltaba a otro medio -especialmente el televisivo o a otra cabecera del grupo, incluso a un periódico nacional o internacional, por qué no-. Para ello, hacía equipo con el plumilla, quien escribía, también con su firma -salvo en casos de imperativos publicitarios que ponía la del medio-, la crónica y plasmaba en el pie de foto la de su compañero gráfico. Ese periodista también servía de inspiración para los que venían detrás, los que no escribían aún su nombre en Google para ver si aparecían en la primera o segunda página del buscador, bajo qué sello profesional.

La reputación de una firma se ganaba a base de exclusivas, buenas piezas, mejores titulares, enfoques propios vinculados a un estilo de ejercer y de oler la profesión. Firmas de la actualidad, reconocidas por los actores de la agenda oficial y por los noveles (firmas en fase cero). Personajes de la información con influencia. Una mayoría con capacidad de condicionar, en cada caso, la actualidad de su sección en ámbitos locales, regionales, nacionales o internacionales. Espejos a los que mirarse, nombres, rostros, estilos, sellos de praxis periodística.

Pero, tanto en el lado gráfico como escrito de la profesión, las mayorías han dejado de serlo. Consecuencia de la atomización, precarización y supervivencia practicada durante los años más profundos de la crisis -con más de 120 medios de comunicación cerrados, más de 15.000 profesionales despedidos, y otros tantos noveles sin salida al terminar sus estudios periodísticos en España- los periodistas y fotoperiodistas que hoy trabajan han difuminado sus firmas para adaptarse al contexto laboral. Los que antes eran mayoría ahora lo son pero de una nueva realidad, de una suerte de gran bola de necesidades informativas reclamadas por los mismos medios tradicionales y por la proyección de estas firmas en sus propios sites, en agencias, en las plataformas digitales, donde conviven, a su vez, con la voracidad de la nueva actualidad, de las nuevas firmas ajenas a la profesión, de los nuevos dispositivos que todo lo hacen, de las nuevas aplicaciones que escriben casi solas, de los influencers y de otros muchos con firma pero sin apellido periodístico.

La moraleja de este diagnósitco exprés pasa por el hecho de que el periodista de trinchera es tan bueno que sabe serlo en cualquier contexto. Quien tuvo, retuvo. Como lo serán los buenos nombres de las nuevas hornadas, perfectamente adaptados de partida a las circunstancias profesionales actuales. Y si no, que se lo digan a las firmas de siempre que decidieron firmar en otras plataformas y a su capacidad de influencia en un solo tuit o fotografía publicada en Instagram. Las reglas de los poderes habrán cambiado, pero la libertad de los profesionales y de las de sus firmas hoy parece más amplia, incluso rotunda. Medalla de chocolate.

 

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