Foto: Marga Ferrer
Foto: Marga Ferrer

La misma hora de siempre

Puede que te mires al espejo y lo que veas no te guste, quizás puede que seas una persona con la cabeza alta y el horizonte hundido como un barco sin mascarón de proa; o alguien apilado en el trastero como una bicicleta sin ruedas. Puede que seas el fruto de una resaca involuntaria, la consecuencia de una cadena de errores tan groseros como injustos, un juguete que no sabe que se ha roto y sigue caminando por el pretil de un rascacielos en noche de tormenta.

Un día te eligieron para llevar la bandera de los ignorantes y sigues allí, con pertinaz insistencia, batiendo alas cuando no sabes que volar es imposible y, caminar sobre las aguas, un mal remedio de los poetas que perdieron la inspiración.

En el barrio apagaron las luces y desnudaron las farolas. El bar de Jorge cerró las puertas para siempre, en la misma acera de la calle abrieron un chino y Anastasio, el ditero, viajó al pueblo para no volver más. Ya nada sigue igual en esta zona del mapa y tú sigues atado a una noria que no concede tregua y azota voluntades.

El tren sigue sin hacer parada en nuestra estación donde los libros se queman y las lombrices no duermen. Eres el vigilante de una estrella que se quedó sin luz, una sirena que tiene miedo del mar, la chimenea sin leña que siempre tiene frío; eres la nueva sombra que espera a la puerta de un banco y quieres soñar con un rostro que al menos regale una sonrisa. Pero el reloj marca la misma hora de siempre y llegamos tarde a todo: nos vigila expectante el juez que nos robó las manecillas.

@butacondelgarci

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