Una anécdota con Manoel de Oliveira

Hace unos días nos despertamos con la noticia de la muerte de Manoel de Oliveria, el decano del cine mundial. Oliveira nos abandonaba un Jueves Santo a la edad de 106 años y al pie del cañón, con el estreno aún reciente de su última película, O velho do Restelo, basada en un personaje de Camoens, y preparando un nuevo proyecto. Se quebraba así la longeva vida de un cineasta que parecía estar tocado con el don de la eternidad. Una vida que por sí sola ha representado la historia del cine: se inició en el cine mudo y desde los años ochenta hasta la actualidad ha estado dirigiendo al ritmo de una película por año. Algo insólito, sobre todo si consideramos que el grueso de su filmografía lo inicia con setenta años cumplidos. Iba contracorriente o sabía que viviría tanto como ha vivido.

[Img #21933]
Las películas de Oliveira, alejadas del gran público y con detractores incluso entre los cinéfilos, han sido calificadas de culto por la mayoría de los aficionados al cine de autor entre los que me cuento.  Su éxito se debe, en parte, al entusiasmo del productor portugués Paulo Branco, que las ha sabido orientar a festivales internacionales en los que han llegado a convertirse en toda una referencia.

 

[Img #21934]
Son películas de una gran sencillez narrativa con guiones inspirados en obras literarias, preferentemente de autores lusos como Castelo Branco, Eça de Queiroz o Agustina Bessa Luís, a las que Oliveira imprimía su sello personal  para exponer una profunda reflexión sobre el  ser humano y el arte. A estas características se añadían grandes repartos internacionales en los que no faltaban Irene Papas, Marcello Mastroianni, Stefania Sandrelli, Catherine Deneuve, Michel Piccoli, Bulle Ogier, John Malkovich o los portugueses Leonor Silveira y Luis Miguel Cintra.

 

Descubrí a Oliveira hace años y tengo debilidad por tres películas suyas: Viaje al [Img #21936]
principio del tiempo, Una película hablada y El valle de Abraham. La primera, con un maravilloso Mastroianni en una sabia reflexión sobre el tiempo y la memoria; la segunda  es un auténtico manifiesto en defensa de la cultura y el entendimiento universal; y, la tercera, una peculiar versión de Madame Bovary con los viñedos del Duero como paisaje de fondo. Fue esta última película la que hizo que me interesara por el cine de este director, aunque todo empezó con la siguiente anécdota.

 

En 1994 Manoel de Oliveira vino a Valencia para presentar El Valle de Abraham en Cinema Jove. Los organizadores aprovecharon la visita para rendirle un homenaje y proyectar un ciclo de películas suyas. El homenaje consistía en una entrevista que le [Img #21937]
hacía Ximo Rovira, la entrega de un premio honorífico de manos de la entonces consellera de Cultura de la Generalitat Valenciana, la escritora Pilar Pedraza, y del director del festival, Mario Viché, y dar paso a la proyección de la película. Yo coordinaba el acto. Oliveira llegó al Rialto, sala donde tuvo lugar, acompañado del distribuidor de la película en España, quien nos puso en antecedentes de la fuerte sordera que tenía Manoel, nada sorprendente en un hombre de casi 90 años. Como no hablaba español y tenía dificultad para oírnos, un intérprete  le comentó el protocolo y las preguntas que le haríamos. Nos pidió que como no oía bien, cuando tuviera que hablar le avisáramos tocándole en un  brazo. 

 

Y así fue. A la primera pregunta de Ximo Rovira el intérprete le tocó el brazo, Oliveira se dirigió al micrófono y estuvo hablando sin parar más de diez minutos. Lo fuerte era que no había manera de encontrar un silencio en el que agradecer sus palabras o formularle una nueva pregunta para seguir avanzando. Oliveira ni dejaba de hablar ni nos escuchaba. El público empezó a reírse de la situación. Los responsables del acto nos mirábamos sin saber qué hacer. De pronto, al intérprete se le ocurrió volver a tocarle el brazo y Oliveira calló en seco. Por miedo a que se repitiera la situación nos apresuramos a entregarle el premio y dar paso a la película. Fue el homenaje más disparatado que he vivido en mi vida. Una situación cómica de aquellas que cuando las ves en una película te tronchas de risa por lo que tiene de absurda. Desde entonces, cada vez que escucho o leo algo relacionado con Manoel de Oliveira me acuerdo de esta anécdota.

 

[Img #21935]
Estos días he vuelto a recordarla y me ha parecido que era una buena sonrisa catártica para encubrir esta gran pérdida del cine europeo que nos han ocasionado las Pascuas. Por eso la pongo ahora en negro sobre blanco. Un homenaje a mi admirado Manoel de Oliveira, aunque a más de uno le parezca extraño. Ante tales opiniones me vuelvo más sordo que el director  aquella noche en el Rialto. Hay cuestiones por las que ya no discuto, y esta es una de ellas. Quien no aprecie el cine de Oliveira, peor para él. Aunque para gustos colores. Y yo me enamoré del color azul de los ojos de Leonor Silveira en El valle de Abraham la noche que se proyectó en Cinema Jove  después de un homenaje descacharrante ¡Qué le voy a hacer!


@manologild

Javier Montes

Tags:

Deja un comentario

Your email address will not be published.

*

nueve + uno =

Lo último en "Giros"

Gitano

Te gustaba beber la vida de un trago y viajar por un
Subir