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Miércoles, 30 noviembre 2011
Escapadas

Del prepirineo al románico

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Con base en Senterada conocemos los encantos naturales y artísticos de La Vall de Boí.

[Img #10612]Senterada es un pueblecito de paso, un lugar tranquilo del prepirineo leridano donde hacer pausa en un viaje de fin de semana. El objetivo pasa por conocer el entorno natural de las faldas de la cordillera camino de La Vall de Boí, sin que el esquí sea por esta vez donde desemboque el viaje, sino más bien en las joyas del románico catalán. Elegimos una antigua posada reconvertida en casa rural junto a un arroyuelo, con el olor de la montaña atisbado desde la tranquilidad de la estancia elegida, una habitación decorada al estilo victoriano, con objetos fetiche de la época de los arrieros y del esplendor del viajante, figura que describe muy bien el escritor Josep Pla en su ‘Viaje en autobús’ por las comarcas catalanas.

Desde Sentarada a La Vall de Boí hay una tirada, previo paso por El Pont de Suert. Pero, más allá del curveo de la calzada, el paisaje del camino se ve salpicado por calvas de pastos en las que no es difícil encontrar caballos y ganado de buen ver, en una zona en la que el agua no falta y donde el permanente goteo de la nieve procedente de mayores cotas es un hilo de vida. Empezamos a atisbar la presencia de capillas minúsculas con campanarios espigados, apuntando hacia lo que nos encontraremos después en La Vall de Boí, las joyas del románico catalán de Taüll y de su entorno. De todas ellas, nos quedamos con el conjunto iconográfico de Sant Climent, tantas veces atisbado previamente en los libros de arte de la escuela y nunca antes mirado directamente a los ojos del Pantócrator, una delicia alimentada por los alrededores de piedra, pasto y restauración.

Precisamente, de barecitos y restaurantes con solera están salpicados todos los pueblecitos de la zona, donde lo más saludable es almorzar con embutido del país. Lo habitual es que lo dispongan en tablas de madera sobre las que depositan unos dientes de ajo, tomate, fuet, butifarra… y para beber, vino de porrón. La mejor forma de quitarse de encima las lenguas de frío que lamen a los turistas que se atreven a permanecer por mucho tiempo en lo alto de los campanarios de las iglesias del lugar o en las zonas donde la sombra convierte la nieve en planchas de hielo perennes. Naturaleza, quietud, arte y buenas viandas, muy cerca.


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