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Vicent Hernández
Viernes, 6 febrero 2009

Egipto nupcial (I)

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Vicent Hernández, lector de 360gradospress.com, relata su experiencia de recién casado en el país del Nilo

Preparativos a 100 por hora, trajes, invitaciones, negociación con proveedores y tiras y aflojas con el señor cura. ¡Anda! El viaje… el suegro nos regala 8 días a Egipto.

Trataba de recordar a primerísima hora de la mañana siguiente los detalles de la boda, entre legañas y un café muy cargado. Mi futura mujer llena de impaciencia por coger el vuelo y al final así fue, no pude parar lo que ya estaba acordado. Cinco horas de vuelo, llegamos a las 22.00 horas. El aeropuerto de El Cairo, un ir i venir de gente con piel algo más teñida que la nuestra, pero más acostumbrados que nosotros a ver de todo menos foráneos. El guía detecta al grupo en cuestión de minutos; nos organiza, nos recoge las maletas y nos avisa de que tenemos las propinas incluidas, un poco tarde –pienso yo- para algunas parejas del grupo, que se miran entre sí tras las palabras del guía.

Montamos en un autobús de color blanco, sofás más que asientos, tapizados en piel; la marca del autobús es china y pienso inevitablemente en la globalización. Arrancamos, rodeados ahora de vehículos con una edad media aproximada de unos 30 años, devoradores de carburante, pequeños circos andantes adornados con banderitas que cruzan los cristales. Fueron 10 minutos rápidos hasta que llegamos al Hotel Intercontinental, en plena celebración del Ramadán, lujo allí donde miraras. En el entorno, soldados con metralletas cuidando del buen funcionamiento del mismo. Mármoles preciosos adornaban las estancias, altos techos repletos de tallas trabajadas hasta la extenuación, figuras talladas en piedra, golpe a golpe hasta lograr reproducciones más que sobresalientes. Detrás de cada una da las figuras pienso las horas de trabajo que se esconden, conozco el sector y tan asombrado estoy que no puedo apartar la vista de tal trabajo.

Las horas pasan a un ritmo cardiaco. Son las 6 de la mañana y tenemos que salir corriendo para responder a un programa de visitas que debe de correr en paralelo a los 3.000 euros que cuesta el viaje. Cogemos un avión y, en 2 horas, estamos en Abu Sim bel. Fastuoso, ¿cómo es posible? No entiendo nada de lo que allí veo. Templos enormes escarbados en piedra viva, atisbo la riqueza de todo un imperio de principios de los tiempos (21 siglos han pasado) y allí está. Hay un montón de soldados novatos, lo deduzco porque apenas saben donde ponerse la metralleta. Aunque, claro, estamos a sólo 50 kilómetros de Sudán, zona peligrosa para turistas. Huele a humedad y siento un escalofrió recorriéndome el cuerpo cuando acaricio aquellos grabados en relieve de las paredes. Dentro del templo hay muy poca luz. Los ojos tienden a abrirse más aún y se dilatan al ser consciente de la maravilla que tantas veces han visto en Canal Historia, ahora ante ellos.

Hay dos guardias que prohíben hacer fotos, pero claro, allí todo es negociable, te invitan a posar con la llave de la vida o Cruz Ansada a cambio de un mísero euro. Nosotros, hijos del consumismo exacerbado, no somos conscientes de que allí esa cantidad significa un día perfecto para uno de estos guardianes acostumbrados a estar de cuclillas 14 horas diarias. “Qué imperfecto es el mundo”, pienso cada hora de mi estancia.
Con ese y otros pensamientos relacionados con la diferencia de culturas, regresamos a la base. Volvemos a coger un avión, un fabuloso Jumbo de no sé cuantas plazas en el que es inevitable pensar en la cualificación de los pilotos y en los miles de caballos de potencia que en apenas 3 minutos ponen la nave a 800 kilómetros por hora. Prefiero no mirar la pantalla del GPS que tenemos en el pasillo, pues actualiza los datos de altura, velocidad y fuerza del viento. Cierro los ojos y le digo a Ana que estoy cansado.

(continuará)

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