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Óscar Delgado
Viernes, 30 enero 2009

Entre trufas, nieve y piedra

Morella revive cada invierno el placer del buen yantar rural

Si viajas a Morella en invierno, no olvides las cadenas. Los lugareños se quejan del trato que les da la televisión autonómica, donde siempre queda aislada aunque no lo esté. Es blanco permanente de la equivocación de los meteorólogos del canal público. Cuando llega un temporal como los registrados en las últimas semanas en España, el primer copo de nieve de la Comunitat Valenciana suele caer en el castillo medieval de este municipio de la provincia de Castellón, aunque casi nunca queda aislado, sino más bien allí se encuentra el espléndido aislamiento del mundanal ruido. Ir a Morella es hacer un viaje rural al cien por cien, sin escenificaciones adaptadas a las guías turísticas al uso. Lo mejor es abrigarse y preparar la andorga para deleitarse con las especialidades carnívoras de influencia aragonesa que los restauradores aderezan con la típica trufa del lugar.

Como retornar al pasado, los forasteros son bien recibidos, más bien agasajados y asaltados por la curiosidad de los que saben bien que al turista hay que mimarlo. Si hay nieve, de lo único que hay que preocuparse es de no resbalar por las calles empedradas del pueblo, aunque eso no importa si de lo que se trata es de disfrutar del pasado, recorrer las cuestas por las que se reparten paisanos, negocios artesanos, embutidos de Teruel, aceite de oliva de la provincia de Castellón, hostales rurales y negocios de bien donde la conversación es patrimonio local y las referencias sobre las rutas a seguir, obligado cumplimiento.

Ahora que llega febrero, y hasta marzo, los restaurantes ofrecen al visitante la ruta de la trufa, el diamante negro de Morella. Saborear este exquisito acompañamiento con un buen solomillo y unas patatas fritas como las cocinan las abuelas es fácil siempre que hayas sido previsor y no te hayas atiborrado en el aperitivo a tomar las suculentas tapas que ofrecen en los bares o que hayas guardado el estómago secundario que siempre hay que conservar para los productos que jamás abandonan la suerte del apetito. Aunque siempre estará la opción de hacer hueco paseando por las calles que evocan a épocas lejanas, soportales de recuerdo conservado y, por qué no, tomar una copa en lo que en su momento fue una iglesia, hoy reconvertida en pub dadaista frecuentado por otro tipo de fieles.


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