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Javier Montes
Viernes, 12 diciembre 2008

Cuba (II)

Continúa la experiencia del periodista Javier Montes por el país de Fidel Castro. De la Habana a Cienfuegos y Trinidad

Durante la espera para recoger el coche de alquiler aprovechamos para sumergirnos en las calles donde transcurre la vida de los habaneros. La capital supera el millón de habitantes pero rezuma ambiente de pueblo, de barrio, sin apenas tráfico, con muchos saludos amables y con cero agobios. A nosotros nos para Jon: "Hola, estáis en el Park View, ¿verdad?". No le reconocemos pero tarda un segundo en presentarse: "Soy el portero nocturno del Park View" y otro en lanzarse a contarnos su vida. En un 'pis pas' aparece un policía para pedirle la documentación. ¡Increíble! Los cubanos no pueden hablar con los turistas y es posible que si no sales en su defensa se lo lleven detenido. Jon ya era nuestro amigo. En una mesa de la antigua casa de Rosalía de Castro y entorno a unos mojitos mañaneros también está Javier, que acaba pidiéndole a Jon que le diga cómo puede trabajar en el hotel. Así es la vida en Cuba, aprovechar cualquier oportunidad para sacar algo, lo que sea, dinero, información, un rato de conversación, una sonrisa... Sacar algo, estrujar la vida...

A la hora de comer ya estamos subidos en el coche zumbando hacia Cienfuegos. Para salir de La Habana cogemos a un policía que hace autostop y en menos de diez minutos estamos circulando por la única autopista de la isla. Tiene diez metros de ancho de asfalto, sin ninguna señal pintada, con coches de caballos mezclados entre el resto de medios de transporte, con vendedores ambulantes que se asoman a la calzada ofreciendo frutas, quesos, con autostopistas, con baches, sin apenas tráfico. No es una autopista... pero la carretera no está tan mal como nos habían advertido (eso sí, apenas tiene señales indicativas y puede ser fácil perderse si uno no va atento o tiene un buen sentido de la orientación). En dos horas y media nos plantamos en Cienfuegos. Una ciudad limpia, con calles arregladas, y una arquitectura colonial mimosamente cuidada y tan servicial como La Habana.

El bulevar, la plaza José Martí con el edificio del gobierno y el teatro Tomás Terry parecen rincones sacados de una película. Cienfuegos celebra el día grande del carnaval.
Logramos una habitación en la casa de Jorge Castellanos. Tan modesta como barata pero a un paso del Malecón, donde se celebra la fiesta que consiste en puestos de venta de comida, de bebidas (sólo uno vende cuba libres), dos escenarios de música en vivo que son la gran atracción, una zona para ensayar con el bate de béisbol y mucho baile. ¡Se mueven que marean!

Antes de la caída del sol probamos un baño cálido en el Caribe y cenamos tortuga y langosta, el primer plato caliente en la isla. Vamos al Carnaval y esa noche tocan cubatas. A la mañana siguiente, antes de despedirnos, Jorge nos habla del tesoro del Castillo de Jagua. Aún no lo ha encontrado nadie pero muchos siguen buscándolo con ahínco y más aún después de que hace tres años un vecino cayera a un hoyo donde apareció el arsenal.

Nos sumergimos en Cienfuegos (una ciudad de menos de 80.000 habitantes) antes de ir hacia Trinidad. Punta Gorda es uno de los rincones más especiales de Cuba. Conserva un aire colonial que hace que se me vengan a la cabeza los palacetes de la playa de Santa Marina, en Ribadesella. Entre los fabulosos edificios destaca el hostal Palacio Azul. Comemos en un bar de la calle comercial compartiendo mesa con un profesor que nos cuenta que Cienfuegos está llena de gente con familiares en Asturias. "La historia dice que la ciudad fue fundada por franceses", le recordamos. "Ya pero sólo fueron 47 y se fueron".

Compramos algún souvenir y nos despedimos de Cienfuegos. Nos esperan 80 kilómetros de una carretera que transcurre paralela al mar Caribe. Paramos en playa del Inglés, el arenal utilizado por los usuarios de un camping situado a sus pies. Todos cubanos. Buceamos y descubrimos que a un metro de la orilla el Caribe es como un acuario de peces de colores pero a lo bestia. Llegamos a playa Ancón, a sólo 12 kilómetros de Trinidad. Paramos. Aquí cuatro moles del todo incluido dominan la costa y la arena está llena de hamacas, sombrillas de paja y colillas de cigarrillos de marcas inglesas. Aquí cuando buceas ya no ves peces aunque un pescador sale con una langosta en la mano.

Antes de buscar alojamiento nos da tiempo a disfrutar de unos mojitos al anochecer en el Grill Caribe, un chiringuito de playa inolvidable. Sería para quedarnos toda la noche bebiendo pero hay que ir a Trinidad. Allí existe la mayor oferta de casas particulares de la isla pero no es fácil encontrar una libre. A nosotros nos ayuda Lázaro que nos indica una casa construida en 1890 que regenta una mujer de origen tinerfeño. A primera vista y de noche, Trinidad nos defrauda. Caminamos por calles empedradas hasta la plaza de la iglesia rodeada de un ambiente musical que encandila, indescriptible. Unas escalinatas abarrotadas donde se mezclan turistas con cubanos, cubanos con turistas. El mejor sitio para intercambiar, para conocer a una camarera de un restaurante español de Matanzas, para que aparezca Linnet, para que se asome su hermano, sus amigos y nos den las tres de la mañana intercambiando vidas, historias, gustos y sueños. Convencemos a Linnet para que nos haga de guía al día siguiente. Trinidad nos gusta.
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