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José Manuel García-Otero
Miércoles, 28 junio 2017
Butacón del Garci

Borraron el camino de Cuesta Maneli

El domingo ardía una parte del cielo de Huelva y el mar asistía impotente al desastre ecológico de esta parte del sur de la península. A mí me gusta el mar, siempre me gustó dibujar la línea del horizonte y esperar a que algún barquito, a lo lejos, rompiese esa línea como hacen los niños cuando blanden un lápiz a modo de espada sobre el papel. Para mí, aquella playa inmensa de arenas finas y agua poderosa era un trozo de paraíso que inoculaba la mejor de las energías en mis venas. Todo aquello sigue, pero el fuego borró el camino.

[Img #25600]Recuerdo que Carmen, mi mujer, y yo, pertrechados de dos butacas, una sombrilla, sendos macutos y una neverita, recorríamos los 1200 metros de un camino de tablas tan sinuoso como mágico. Cuesta arriba, cuesta abajo, como una serpiente reumática, Carmen y un servidor atravesábamos pinos y un sinfín de especies vegetales emergidas desde la arena. De tantos paseos y viajes ya conocíamos sus nombres: clavellinas, alhelíes de mar, cardos, barrones, camarinas… Y divisábamos y tratábamos de adivinar a quiénes pertenecían esas huellas. Podían ser jabalíes, linces, jinetas, conejos… Todo azuleado por un cielo imponente, que peleaba protagonismo a un mar que acariciaba la vista y su salina perfumaba el alma.

 

[Img #25601]Luego llegaba el sol, dueño de todo, y nos protegíamos de tanta jovialidad abrasadora bajo pena de quedarte como una de las sardinas asadas del chiringuito de Pepe el Almonteño. El día terminaba con la subida de regreso, la piel bronceada y música de Bob Marley despidiéndose hasta una próxima vez. Pero no habrá otra próxima vez en mucho tiempo.

 

Aquella playa se llamaba Cuesta Maneli, en pleno Parque Nacional de Doñana. Ahora no queda apenas nada, la espada del diablo lo segó todo. Dicen que fue la mano del hombre, la mano que fulminó nuestros recuerdos. Malditos.


@butacondelgarci

Foto: Carmen Vela

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