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Óscar Delgado
Miércoles, 3 mayo 2017
Reseña ‘Tierra de campos’, de David Trueba

Algo más que una placa de vida (conmemorativa y musical)

Por mucho que nos empeñemos en compartir una versión idílica de lo que somos, quien más quien menos tiene sus raíces. Unas señas de identidad que construyen ideales, principios, que educan o maleducan pero que suponen el máximo común divisor entre los que componemos el tablero de juego. Los hay más famosos que otros, pero todos coinciden en reductos estándar en los que la vida es natural, seca, directa, cruda.

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Podríamos ponerle una amplia gama de colores a esos espacios de normalidad que abarcan al individuo desde el yo más interno con el dominante del amor hasta la plaza del pueblo que nos ha birlado la identidad durante algún verano. Porque un famoso es un nombre de pila en su pueblo, aunque le coloquen una placa en su honor. Y es primo de la algarabía, en distintos grados, pero con el mismo poso con el que David Trueba apoya su ‘Tierra de campos’, otra novela que retrata vidas con la naturalidad que acostumbra el escritor madrileño. Una obra que pone letra a las canciones de muchos desde la perspectiva intimista de jergas, rutinas y vivencias de un grupo musical de éxito.

 

En tiempos en los que se famosizan perfiles en las redes sociales, hubo otros en los que los famosos lo eran por la dinámica tradicional en los que surgían oportunidades o casualidades que los catapultaban a serlo en circuitos culturales y sociales como los que recoge ‘Tierra de campos’, (Anagrama, 2017). La nueva obra del autor con la que nos conquista a base de evidencias, vivencias y normalidades aplicadas, precisamente, a perfiles a priori inaccesibles para el lector, más allá de las promociones y versión pública de la vida de personajes como los que protagonizan la novela. Los que conforman un grupo de éxito forjado en las alcantarillas de un colegio, desde el anonimato de un barrio de Madrid, bajo la mirada ciega de un callejón sin salida de Estrecho, con el condicionante de la vida rural que mira de lejos los ideales del protagonista y con la moraleja de que tanto lo bueno como lo malo, se hereda.

 

Heredamos en cuanto que nos criamos en entornos más o menos deprimentes, mejores o peores, con riqueza o con pobreza, pero heredamos unos valores que forman parte de la tradición y que pasan por encima del famoso. Con todo, el retrato que hace Trueba de los recovecos del mundo de la música, las promociones, las radio fórmulas, los productores, los managers, los vividores, los ‘hijos de’; de la noche o la ‘tardomovida’ madrileña vuelve a ser magistral. Como también lo fue el de otros protagonistas apoyados en el mismo modus operand,i entre la fama y la lana, como el futbolista de ‘Saber perder’ (Anagrama, 2007).

 

El autor tiene aprendido el molde y está equipado de la capacidad descriptiva, la broma, la experiencia y la ironía necesarias como para acercar un perfil tan inaccesible como este Dani Mosca de ‘Tierra de campos’, el líder de una formación musical de éxito al que desnuda para acercar al lector todos sus defectos como persona en sincronía con los ideales que mama de su padre, de su madre, del pueblo de su infancia, de las gallinas, del amor, del desamor, de la amistad, del cole,…

 

[Img #25415]Retratos de folclore, de cotidianidad y de vida profesional que sirven para alimentar las reflexiones del protagonista principal y del relato entrecruzado por años y décadas diferentes con la excusa de conducir el féretro de su padre al pueblo que lo vio nacer. Un trayecto cargado de emociones narradas a golpe de hit, intercaladas por letras que recorren la vida de Dani Mosca y que reflejan los estados de ánimo de su público, de sus amores, de su entorno, del sector musical, de la sociedad, de los usos y costumbres de las personas en relación al modo de consumo de la música.

 

Si hubiera que pintar con un color la emoción que produce ‘Tierra de campos’ sería, sin duda, el amarillo. Ese amarillo trillado que carga de urticaria el recuerdo y la herencia sentimental de cualquier persona que haya pisado paja en los pueblos, haya bebido agua del pilón o se haya acercado hasta las seis de la madrugada a cualquier garito de mala muerte empujado por el globo sonda de la noche de Madrid.

 

Desde este momento, quedamos a la espera de la siguiente estación a la que nos lleve David Trueba.


@os_delgado o @360gradospress

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