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David Casas
Miércoles, 23 marzo 2016
Residencia de Señoritas

Educación superior para jóvenes entusiastas

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Entre inicios del siglo XX y el arranque de la Guerra Civil española existió un centro que fomentó los estudios universitarios y que impulsó el futuro laboral de cientos de mujeres apasionadas y comprometidas que querían crecer en sus carreras profesionales en libertad e igualdad de género.

[Img #23970]Pero me queda el consuelo de la pintura. Y para mí la pintura es la vida. Trabajaré hasta que me extenúe, hasta que se me adelgacen las fuerzas, tanto, que ya no pueda sostenerme ni sostener el pincel, pero entonces sería capaz de pintar mentalmente para que los dibujos seas ideales, para que nunca se puedan transportar hasta la miseria material de la tela o el muro”.

 

Palabras apasionadas, llenas de sensibilidad y que reflejan la fidelidad y el compromiso que la artista zamorana Delhy Tejero volcó en esta disciplina. Tanto que no deseó casarse ni formar su propia familia. “La pintura era su amor y su pasión, pero también su perdición, ya que la prefirió en lugar de la maternidad o el matrimonio; sacrificó mucho por el arte”, valora Mª Dolores Vila, sobrina de Tejero y principal estudiosa de su vida.

 

A pesar de esta importante decisión, nunca supuso un drama para esta trabajadora incansable, curiosa, investigadora y llena de imaginación, que transitó por todos los estilos tendencia de su época (arrancó su carrera formativa en los años 20), desde el Art Decó hasta el surrealismo. Incluso creó uno propio, el ‘Perlismo’, vertiente colorista del Informalismo que se caracterizaba por el uso de la arena, la sílice o las bolas de cristal como materiales.

 

[Img #23975]Desde pequeña sabía que era una tía especial y recuerdo cuando llegaba de vacaciones de Madrid con el aire fresco que traía y le sujetaba los pinceles con los que hacía cuadros de campo, o las tertulias intelectuales en el mítico Café Gijón a las que le acompañaba”, rememora Vila con añoranza.

 

Una mujer idealista que quiso hacerse un hueco diferenciado en el mundo del arte plasmando su vivacidad y su originalidad en la pintura al fresco mural, convirtiéndose en la primera (y posiblemente única) fémina en trabajarla y también la primera en convertirla en centro temático de su cátedra interina, que ostentó hasta la llegada de la destructora Guerra Civil Española.

 

Ese momento hizo pedazos una etapa de libertad, de igualdad entre sexos, de acceso a la cultura, a la voz pública, al desarrollo profesional de la mujer y a la educación que algunas jóvenes privilegiadas desde la capital habían vivido en uno de los centros que más aportó al mundo universitario femenino por el impulso que supuso a su futuro: la Residencia de Señoritas.

 

Un centro para ‘señoritas’ independientes y decididas

El grupo de jóvenes chicas de la Residencia de Estudiantes, que aún se mantiene en activo, se creó en 1915 y se cerró a finales de los años 30. Más de dos décadas en las que las mentes más brillantes de España y del extranjero pasaron por sus aulas y sus estancias, ataviadas con los peinados y los vestidos más a la moda y cargadas de libros, conocimientos e ilusión por aprender.

 

Lo que a principios del siglo XX constituía una rareza, que las familias se animaran a permitir que sus hijas continuaran sus estudios, se había convertido en algo casi normal, gracias al centro”, valora Almudena de la Cueva, una de los comisarios de la exposición sobre la Residencia de Señoritas y su valor histórico e inspirador, que hasta el próximo 16 de mayo se puede visitar en el pabellón Transatlántico de la Residencia de Estudiantes.

 

[Img #23973]Salas de estudio en las que se respiraba interés por la lectura, pistas deportivas para afianzar eso del mens sana in corpore sano o espacios para perfeccionar la práctica en áreas artísticas, científicas o de letras. Todas ellas las pisaron alumnas destacadas como la periodista Josefina Carabias, la política Victoria Kent, la poetisa Alfonsa de la Torre, Felisa Martín Bravo (primera mujer doctorada en Físicas en España) o la propia Delhy Tejero, que pagaba su habitación en los primeros años de estancia con las ilustraciones que elaboraba para revistas de la época, como cuenta su sobrina. “Las residentes no pertenecían a una élite económica, aunque no estaba al alcance de todos los bolsillos, pero aquellas especialmente valiosas podían optar a becas a cambio de trabajos o de impartir clases”, explica De la Cueva.

 

Liderada por su directora, María de Maeztu, mujer muy activa e influyente que siempre veló por el futuro profesional de sus pupilas, la residencia contaba también entre sus profesoras con nombres tan destacados como María Goyri o María Zambrano, y con conferenciantes como Gabriela Mistral, Victoria Ocampo, María Lejárraga o Concha Méndez, entre otras muchas.

 

Un espacio para el crecimiento personal y profesional que caló en el carácter de sus asistentes, que quedó grabado en sus memorias y que ha allanado el camino de las jóvenes que décadas después luchan por labrarse un futuro desde una base académica sustentada en la pasión, el esfuerzo y la confianza en una misma.

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