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Laura Bellver
Miércoles, 3 febrero 2016
Series

Cuando la justicia 'construye' a un asesino

El documental ‘Making a murderer’ producido por Netflix a modo de una serie de diez capítulos ha sacudido a la audiencia y no es para menos: la realidad supera a la ficción con creces, invitando a reflexionar sobre la propia vulnerabilidad.

[Img #23684]Una década de investigaciones y más de 700 horas de grabación. Esa es la base de la que han partido Moira Demos y Laura Ricciardi, directoras de Making a murderer, la serie de la cual habla todo el mundo – especialmente al otro lado del Atlántico – desde que se estrenó el pasado 18 de diciembre en Estados Unidos. El trabajo versa sobre el caso real de Steven Avery, un chatarrero de Wisconsin que pasó 18 años en la cárcel por una violación que no cometió. Pasado ese tiempo, unas pruebas de ADN demostraron que no fue el culpable. Sin embargo, poco después de disfrutar de su libertad volvió a ser condenado, esta vez por asesinato y a cadena perpetua. Los fundamentos de la acusación, de nuevo, no eran fehacientes. El calvario para él y los suyos, por tanto, continúa.

 

¿Hasta qué punto se puede confiar en la justicia y el sistema respeta la presunción de inocencia? ¿Cómo condiciona el nivel económico a la defensa de quien se sienta en el banquillo? ¿El verdadero autor de estos crímenes anda suelto? ¿Cuántos como Steven Avery han habitado o siguen habitando las celdas penitenciarias? Estas son algunas de las preguntas que Making a murderer ha puesto sobre la mesa de todos los ciudadanos norteamericanos, los cuales se han implicado en la historia como para promover una recogida de firmas masiva dirigidas a la mismísima Casa Blanca para que se condone su pena. El reflejo de las consecuencias que una situación así implica para los seres queridos – también retratados en la serie – del protagonista y esa duda de “¿Y si me pasara a mí?” completan el mal sabor de boca que deja esta producción.

 

Pero que nadie se confunda: la amargura y la turbación que inspira Making a murderer son la mejor prueba de que se trata de una buena obra. Como ya ocurrió con The Jinx, por ejemplo, el documental se nota cómodo al ser dividido en capítulos y permite al espectador un grado de profundización e inmersión que no siempre es posible – o, por lo menos, sencillo – en un largometraje al uso. Si decidís visionarlo, estad preparados para una dosis de realidad de las que dan escalofrío.

 


@LaBellver

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