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Laura Bellver
Miércoles, 15 julio 2015
Sociedad

Descalzarse contra la violencia machista

Sandalias, botas, zapatillas, con o sin tacón, da igual. Eso sí, todos los pares de color rojo. Esta semana en 360 Grados Press descubrimos como un objeto tan cotidiano como los zapatos puede dotarse de otro sentido mediante el arte para evidenciar una extendida lacra social.

[Img #22549]La desaparición y el asesinato de mujeres en Ciudad Juárez (México) es una cuestión prácticamente tabú. Cualquier denuncia por parte de familiares, activistas o periodistas tiene represalias, de forma que el silencio parece haberse impuesto mientras se sigue perdiendo el rastro de más y más jóvenes que se suman a los centenares de casos ya contabilizados desde la década de 1990. Las autoridades, por su parte, permanecen indiferentes e incumplen las sentencias emitidas al respecto y las recomendaciones internacionales. “Vivimos en una sociedad machista que se impone y opone a cambios que serían desfavorables para su situación de poder y control sobre las mujeres. Falta muchísima educación en hombres y en mujeres para romper con el rol establecido de sumisión y resignación que perpetúa el machismo. Considero que la conciencia de las mujeres va despertando poco a poco, pero es muy reciente, hay muchísimo por hacer, y lograrlo depende de nosotras”, analiza Elina Chauvet, una artista que conoce esta realidad de primera mano. Porque ella es una de esas voces locales que se alzan en medio del mutismo generalizado. Podría decirse, de hecho, que el 22 de agosto de 2009 dio un grito que representó un punto de inflexión: la Avenida Benito Juárez, el cruce más antiguo hacia Estados Unidos ubicado en pleno centro urbano, se llenó de zapatos rojos que fueron donados por las propias mujeres juarenses mediante una campaña previa liderada por Elina. La intención no era otra que visibilizar la ausencia de las víctimas de un feminicidio ininterrumpido hasta la fecha.

 

Una acción puntual con repercusión inconmensurable

Argentina, Chile, Ecuador, Canadá, Noruega, Reino Unido, Italia… Desde entonces, son muchos los países que han importado la idea, haciendo propia tanto la obra como su mensaje: se precisa de un cambio en todo el mundo hacia el respeto y la igualdad para con las mujeres. “El trabajar por tantos años el tema de la violencia de género  me dio un panorama más amplio y entendí la urgencia de hablar a nivel global de algo enquistado y establecido como ‘normal’ dentro de las sociedades internacionales sin distinción de credo, raza, estatus social o educativo”, explica la artista. Así, los zapatos rojos se han convertido en un símbolo que trasciende la instalación en una ubicación determinada, pues conlleva un movimiento tras de sí. Sin duda, la universalidad de su significado ha sido clave en este sentido. Siguiendo con las palabras de Elina: “Que los utilizara como herramienta de expresión obedece a varios motivos. Por ejemplo, que muchas mujeres encontradas en el desierto son reconocidas por sus familiares gracias a ellos. O que son un objeto importante para nosotras, íntimo y personal. O el hecho de que la obra tenía que viajar conceptualmente y que los zapatos existen en todas partes. El color rojo se debe a la representación de la violencia y de la sangre, pero también de su contraparte, que es el amor; ya que el motor que impulsa esta iniciativa es el cariño a mi hermana y el dolor tan grande por su muerte, sentimientos que compartimos quienes hemos perdido a seres queridos por esta razón”.

 

Sentando precedentes paso a paso

[Img #22554]Lo cierto es que para encontrar ejemplos de dichas réplicas no hay que irse muy lejos: Alba Carrasco conoció a Elina en un curso sobre arte y feminismo en América Latina y, poco después, una charla relacionada con la temática en cuestión le dio el empujón que necesitaba para decidirse por ello en su ciudad, Málaga. “La instalación fue el pasado 12 de junio en la Plaza de la Constitución y aún estamos sobrecogidos por el éxito que tuvo. Fueron más de setecientos pares de zapatos los que colocamos y fue mucha la gente que se acercó y que dejó su mensaje contra la violencia de género y el feminicidio en ellos”, relata quien fue la coordinadora en esta ocasión. Pero el trabajo no quedó ahí, ni mucho menos: ahora, el equipo malagueño en colaboración con el colectivo Mujeres en Zona de Conflicto va a trasladar la acción a Córdoba, donde está programada para el mes de octubre.

 

Y la historia del eco continúa, pues un grupo de jóvenes valencianas pertenecientes a Amnistía Internacional (AI), ONG pro derechos humanos en la que también colabora Alba, coincidieron con ella y conocieron su experiencia en un encuentro nacional. Ello fue suficiente para probar suerte en la capital del Turia. “Vimos la posibilidad de llevar una de nuestras luchas de una forma más visual y dinámica e implicando al resto de la sociedad en su participación. Nuestra primera intervención fue el 25 de mayo y la realizamos junto con la Coordinadora Feminista local y Lambda, el colectivo LGTBI de Valencia, entre otros. Allí realizamos una performance en la que participaron más de cien mujeres. Cada una de ellas simbolizaba una víctima asesinada. Además, hicimos una gran recogida de zapatos: unos 160 pares en total”, ilustra Judit González, quien se encarga del área Trabajo por la Mujer y LGTBI de AI en esta ciudad. Del mismo modo que su referente malagueño, el objetivo es darle continuidad mediante jornadas, talleres, cinefórums o concursos de relatos que ya se han apalabrado con entidades sociales y universidades públicas.

 

La concienciación con arte entra

[Img #22558]En definitiva, Zapatos Rojos prueba que nunca hay que subestimar el poder de esta disciplina cuando de llamar la atención sobre una injusticia se trata, incluso si es tan delicada y peliaguda como la violencia de género. “El arte es el método perfecto desde mi punto de vista. Me ha permitido realizar un proyecto de un gran impacto social con un costo de producción muy bajo donde el ingrediente más importante es la creatividad, el empeño y el trabajo sostenido. Creo que el límite es la imaginación del artista”, reconoce Elina. Es más, quienes han participado de un proyecto tal confían en que cunda el ejemplo para otros ámbitos. “El arte del siglo XXI debe tener una función social, que sirva como una herramienta crítica y subversiva para denunciar la situación de desigualdad de su propio contexto. Quizá, la única limitación que podríamos ver es la respuesta de la sociedad, es decir, su pasividad o rechazo al enfrentarse a temas incómodos y comprometidos”, reflexiona Alba.

 

Sea como sea, los Zapatos Rojos siguen haciendo camino sin entender de fronteras e incorporando el compromiso de cada vez más personas de nacionalidades dispares que se solidarizan con una denuncia específica y, a la par, compartida. Mientras, en la mente de Elina se dibujan planes como escribir un libro al respecto o llenar de nuevo las calles de Ciudad Juárez como en 2009, aunque esta vez a gran escala. Pero, por el momento, se centra en trabajar en Lágrimas de sal, su último proyecto. “Consiste en escribir con este mineral en el espacio público. Son pequeñas alteraciones con frases de familiares de las víctimas desaparecidas forzosamente en México desde la guerra de Felipe Calderón, el ex presidente, y del actual gobierno de Enrique Peña Nieto, como el emblemático caso de los 43 estudiantes de Ayotzinapa”, matiza. ¿Volverá el mundo a seguirle los pasos con esta otra protesta en formato artístico?


@LaBellver

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