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Manolo Gil
Miércoles, 4 junio 2014
Lecturas

El manuscrito encontrado en Zaragoza

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A principios de los años setenta, en una de aquellas sesiones de arte y ensayo que se programaban el cine Xerea de Valencia, tuve ocasión de ver El manuscrito encontrado en Zaragoza, de Wojciech Jerzy Has.

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He de confesar que a la fascinación que me producía aquella película repleta de fantasmas y sexo, protagonizada por gitanos, moriscas seductoras, judíos errantes, salteadores de camino, monjes iluminados, esqueletos y soldados franceses, también se añadía cierta hilaridad, sobre todo al escuchar a los actores pronunciar los nombres Zaragoza y Pacheco con acento polaco, ya que la proyección de la película era en versión original. Poco tiempo después leí el libro homónimo de Jan Potocki, en el que se basaba el film, en una edición abreviada de Alianza Editorial, que aún se sigue publicando.

 

En todos estos años los avatares de este manuscrito fantasioso y fantasmagórico me han venido acompañando de alguna u otra forma, hasta el punto de interesarme casi por igual el libro, la vida de su autor y las rocambolescamente circunstancias que rodearon su publicación después de más de un siglo de olvidos y plagios.

 

Jan Potocki fue un noble polaco de una gran cultura cosmopolita. Estudioso de la Cábala y el Talmud, aficionado a la etnografía y la historia, Potocki hizo del viaje y el estudio su modo de vida. Visitó la mayor parte de los países europeos, así como Turquía, Egipto, Marruecos o Mongolia, algo insólito en aquellos tiempos. Pasó largas temporadas en el París prerrevolucionario, donde estableció contacto con los enciclopedistas y rosacrucianos. En Rusia trabajó para el zar Alejandro I. Personaje excéntrico -siempre iba acompañado de su criado Ibrahim, que vestía a la turca, y Lulú, su perrita caniche-, fue muy aficionado a los globos aerostáticos. Los últimos años de su vida los pasó enclaustrado en la  biblioteca de su casa de  Uladowka, en Polonia, de la que prácticamente no salía. Murió anciano, aquejado de dolores y melancólico. Tuvo una muerte a la altura de los grandes personajes románticos.: se disparó un tiro en la cabeza con un bala de plata que él mismo había fabricado fundiendo la cucharilla de plata de un azucarero.

 

[Img #20194]El manuscrito encontrado en Zaragoza tuvo una vida tan ajetreada como la de su autor. Su primera edición fue en francés, publicándose en París en dos partes, la primera en 1804- 1805 y la segunda en 1813, y cayó en el olvido, aunque algunos fragmentos fueron plagiados por Gérard de Nerval, Washington Irving,  Charles Nodier  o el mismo Cagliostro.  A finales de los años cincuenta del pasado siglo, Roger Callois, al preparar una antología de relatos fantásticos descubrió la apropiación de Washington Irving y rescató a Potocki del silencio al publicar  en 1959, en  Éditions Gallimard, una edición no completa del libro.  En 1967 la Editorial Minotauro sacó la primera edición en español. En 1970 Alianza Editorial publicó la edición abreviada mencionada anteriormente. En los últimos años, la atracción por  El manuscrito encontrado en Zaragoza ha ido en aumento hasta el punto de contar tres estupendas ediciones completas en nuestro país: la primera, de Pre-Textos con la traducción del escritor argentino César Aira; la segunda, de Valdemar, traducida por Mauro Armiño, uno de los traductores de la obra de Marcel Proust; y la más reciente de El Acantilado, basada en un manuscrito de 1810, en versión española de José Ramón Monreal.

 

Si con este artículo os he despertado la curiosidad hacia este  enigmático manuscrito, me daré por satisfecho. Potocki lo merece. ¡Ojalá os pase como a mí, y el libro sobreviva a los cambios de casa, mudanzas y purgas de vuestra biblioteca! Sería la prueba evidente de que os ha cautivado, aunque obviamente eso yo no lo veré. Los libros son eternos, nosotros no.



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