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Javier Montes
Miércoles, 7 mayo 2014
VIDEOTECA

El niño con el pijama de rayas

Adaptación de la vendidísima novela de John Boyle. Nos muestra el Holocausto desde el drama de una familia nazi, una paradoja difícilmente entendible que leída parece amable pero en la gran pantalla resulta de mal gusto.

[Img #19991]La película nos lleva al Berlín de 1942. Allí un comandante de las SS es enviado junto a su esposa y dos hijos a una hermosa casa de campo situada a escasos metros de un campo de concentración nazi. La crueldad que viven los judíos en el recinto cercado contrasta con la inocencia de Bruno (Asa Butterfield), el niño de ocho años que desconoce qué es el Holocausto, las atrocidades que ordena ejecutar su padre y la agitación social que envuelve al viejo continente.


Bruno quiere ser explorador y en una de sus escapadas a escondidas de la gran mansión en la que reside acaba encontrando las vallas del campo de concentración. Allí, separados por una alambrada de espinos, entabla amistad con Shmuel, un niño judío. La película, adaptación de la novela de John Boyle, recibió una infinidad de críticas. Manohla Dargis, escribió en el New York Times: "Vean al holocausto trivializado, minimizado, con un toque kitsch, explotado comercialmente y secuestrado por una tragedia de una familia nazi. O mejor, con toda sinceridad: no la vean".


El niño con el pijama de rayas no es una película denuncia sobre la tragedia judía. El director nos arrastra a la ingenuidad de los niños y la incredulidad ante el horror. ¿Un campo de concentración o una granja? ¿Un médico que deja su trabajo porque prefiere pelar patatas? ¿Un número en la camiseta que esconde un juego? ¿Un pijama de rayas en lugar de un uniforme? ¿Un explorador que quiere encontrar al padre de su único amigo? ¿Un padre bueno o malo? Salvo esta última pregunta, que el niño sí llega a formulársela, Bruno vive en su mundo, sin lugar a dudas, mucho mejor que el que construyeron en su día los adultos.



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