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Laura Bellver
Miércoles, 29 enero 2014
Artesanía

Esas pocas manos que todavía crean barcos de madera

A escasos kilómetros de la ciudad de Valencia se encuentra La Albufera. Considerado un enclave único por su idiosincrasia, aquí es donde sobrevive una profesión que, a pesar de ser bastante desconocida, posibilita la existencia de unos elementos sin los cuales no podría concebirse el paisaje de dicho parque natural. Esta semana en 360 Grados Press nos hemos aproximado a ella.

[Img #19358]Una maqueta 1/700 a medio hacer descansa sobre la mesa de trabajo de Juan José Aleixandre Romero. Se trata de una petición propia de coleccionista que un señor de Málaga le realizó tras conocer en una visita a Valencia esas embarcaciones comúnmente denominadas albuferencs. Justo al lado, recostada sobre unos soportes en el suelo, yace otra idéntica pero de 12 metros de longitud. Ésta, por su parte, es el último encargo de un cliente de la zona, el cual se dedica a ofrecer paseos por La Albufera. La diferencia de tamaño ha llevado a Juan a variar el material, pero la técnica viene a ser la misma. “Para la maqueta estoy utilizando madera de mobila, pero en la barca he empleado fresno para el costillar – estructura interna – y pino de Suecia para el forro exterior de la mejor calidad que se pueda encontrar, lo cual se nota en que apenas tiene nudos. De esta forma, se dobla con más facilidad y no se corre el riesgo de que se parta. Ahora, sólo queda aplicar fibra de vidrio, poner los asientos e instalar el motor. El procedimiento es igual para las dos: parto de la quilla y empiezo a colocar las cuadernas siguiendo el sentido correcto desde el centro”, explica a la par que ejemplifica los pasos con la pieza más pequeña.

 

[Img #19359]Lo cierto es que podría decirse que Juan estaba predestinado para este trabajo: él siempre había sentido cierta atracción por obrar la madera desde pequeño, por lo que años después tomó la decisión de estudiar el grado medio de formación profesional en carpintería. Paralelamente, su tío le recomendó a Pepe Sevilla, un conocido de la pedanía donde viven, El Palmar, quien le acogió como discípulo en su taller, de manera que contó con un aprendizaje complementario. De hecho, así fue cómo se inició en la profesión de calafate a la par que en la de maderero. “De no ser por esto no habría conocido esta faena, porque no la di en ninguna asignatura cuando estudiaba. Incluso cuando lo comentaba con algunos profesores o compañeros tampoco sabían de ella”, reconoce él mismo.

 

La fragilidad del oficio

Del mismo modo que Juan, los pocos calafates que todavía quedan en las poblaciones colindantes con La Albufera han aprendido esta artesanía de la tradición oral y la compaginan con otros quehaceres. Sin duda, la principal razón es que el volumen de trabajo ha descendido considerablemente de un tiempo a esta parte. “Lo que antes eran acequias ahora son caminos, por lo que ya no pueden dedicarse exclusivamente a ello. Actualmente, quedarán media docena, si llega, en Valencia. Por ejemplo, el Puerto de Catarroja llegó a tener 22, pero ahora sólo hay uno”, ilustra Vicent Llorens, asesor de la Fundació Assut, una entidad que trabaja por la conservación del patrimonio de los sistemas litorales mediterráneos. Sin embargo, esta no es una situación exclusiva de dichas latitudes, pues los carpinteros de ribera, que así es cómo se conoce a los calafates en otros puntos de España, se encuentran en un peligro de extinción general.

 

Crónica de un declive

[Img #19360]Aunque su función principal ha pasado a ser turística, los albuferencs desempeñaron un papel fundamental en este humedal costero hasta mediados del siglo XX. Porque sus dos modalidades, los barquets y las barcas, no sólo servían como utilitario, sino también como herramienta de trabajo, respectivamente. “Yo soy muy joven, pero me han contado que había uno llamado ‘El Ravatxol’ que traía aquí el correo. Y las barcas se dedicaban a dragar La Albufera para sacar grava para las obras y para ganarle terreno al agua para los campos de arroz”, apunta Juan. Así, las características de estas embarcaciones están muy condicionadas por el espacio físico – como los vientos o la poca profundidad –. Y la evolución de éste ha marcado, a su vez, la progresión de aquéllas a lo largo de la historia. “La decadencia de las embarcaciones vino con el crecimiento de los años 60, cuando se configuró un cinturón industrial en los pueblos aledaños. Muchos vecinos todavía recuerdan que en pocos años pasaron de poder bañarse en algunas zonas a no poder acercarse con motivo de la contaminación que ello generó. Ahora, la navegación está regulada por el ayuntamiento. Y la salvación de barquets y barcas está en el uso recreativo y en la vela latina”, contextualiza Vicent.

 

¿Previsiones de futuro?

Con todo, como tantas otras profesiones artesanales, la continuidad de los calafates está en el aire. No obstante, Juan se muestra optimista al respecto del nivel de ocupación por el momento. En sus palabras: “Hay mucha afición entre la gente joven, de unos 18 años aproximadamente, no tanto por la construcción sino por las actividades relacionadas con esto, como la caza o la pesca, de manera que se preocupan del cuidado de los barquets y las barcas de sus padres o de sus abuelos”. Por el contrario, la cuestión parece estar más complicada en lo que a relevo generacional se refiere, de ahí que los miembros de la Fundació Assut hayan decidido intervenir mediante la organización de visitas guiadas, entre otras cosas. “También tenemos en mente organizar una serie de talleres en colaboración con la escuela de artesanos, pues no hay una formación específica para el caso y ello podría ayudar al mantenimiento de la profesión”, concluye Vicent. Voluntad por parte de los calafates no falta. La pelota, por tanto, está en el tejado de la sociedad.

[Img #19361]




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