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Marcos García
Miércoles, 22 enero 2014
Clásicos del cómic

Contrato con Dios

Dejemos de lado a Tarantino. Olvidemos por un momento conceptos como In Media Res o fragmentación narrativa. Empecemos las historias por el principio. Y el principio, al menos en lo que a novela gráfica se refiere, tiene un nombre propio: Will Eisner.

[Img #19342]Hijo de una pobre familia de inmigrantes judíos que quería tener un futuro brillante en el mundillo artístico de Nueva York, como no era lo bastante rico ni lo bastante anglosajón para acceder a las escuelas artísticas de cierto prestigio, se dedicó a dibujar lo único que sabía y podía: tebeos.


En los años treinta un compañero de instituto llamado Bob Kane (el mismo tipo que inventaría a Batman a finales de esa década) convenció al joven Eisner de que podría hacer un poco de dinero vendiendo sus tiras cómicas a algunas de las revistas que entonces apoyaban nuevos talentos.


La historia, a partir de aquí, se vuelve un poco tópica. Es la del American Dream que, en el mundo del cómic, significa encontrar un personaje icónico que trasciende la tira para convertirse en todo un fenómeno. Eisner no parió un Superman ni un Spiderman pero su The Spirit se convirtió, de igual modo, en un gran éxito. En los años cuarenta se publicaba en más de 20 periódicos y permaneció en las cabeceras durante más de una década.


Como la mayoría de profesionales del sector artístico, durante la segunda guerra mundial Eisner sirvió en una unidad de propaganda del Ejército Estadounidense. Allí empezó a profundizar en la capacidad formativa que tenían las viñetas. Curiosamente esa experiencia le llevó, después de la guerra, a distanciarse un poco de la industria del tebeo para fundar American Visuals Corporation, una empresa con una razón de ser curiosa: publicaba manuales para diferentes agencias gubernamentales en las que se usaba profusamente el elemento gráfico con fines formativos. No importaba que hubiese que educar a los ciudadanos sobre higiene o explicarles a los soldados cómo mantener un tanque; la American Visuals Corporation podía crear un cómic que cumpliese con ese objetivo.


La empresa fue bien y Eisner se convirtió en un empresario de moderado éxito. Uno podría pensar que un directivo con algo más de sesenta años, por mucho que hubiese basado el éxito de su compañía en la ilustración, se habría olvidado ya del mundillo editorial y del tebeo. Pero nada más lejos de la realidad.


En los años sesenta y setenta el cómic estadounidense vivió un boom conocido como la Edad de Plata.  Este apelativo afectaba principalmente al mundo de los superhéroes porque, durante estos años, los guiones de Stan Lee o los dibujos de Jack Kirby y Steve Ditko habían introducido cambios en las temáticas y en la narrativa que habían dotado de profundidad a los personajes enmascarados. Por otro lado, los lectores de The Spirit y del resto de famosos personajes que poblaron los quioscos en los cuarenta y cincuenta eran ya adultos, muchos de ellos tenían sus propios hijos. Sin embargo estos padres de familia todavía echaban un disimulado vistazo a los tebeos que traían a casa sus vástagos.


Eisner, que vivía en contacto con la industria editorial, no era ajeno a estos cambios. Es muy probable que además se hubiese aburrido de idear manuales para el ministerio de Agricultura o para el de Hacienda. El caso es que la evolución que vivía la industrial del cómic le llevó a plantearse seriamente su regreso. Y así nació Contrato con Dios.


La que se conoce popularmente como la primera novela gráfica (aunque tanto el término como el concepto sean en realidad anteriores) supuso llevar el cómic a otro nivel narrativo. Concebido como un relato coral, Contrato con Dios cuenta cuatro historias que comparten el rasgo común de involucrar a los inquilinos de un edificio de alquiler barato de una zona ficticia del Bronx.


La obra tiene una importante componente autobiográfica pues incluye episodios vividos por el propio Eisner en su juventud. Muchos de los personajes que aparecen en estas historias están, además, basados en personas que el autor conoció en los años en los que su familia ocupó uno pequeño piso en uno de estos edificios humildes conocidos como tenements.


[Img #19343]Contrato con Dios reconstruye exhaustivamente las condiciones de vida de los inmigrantes pobres de principios del siglo XX hasta límites documentales. Las calles, las indumentarias, los oficios e incluso los rasgos de los personajes se reconstruyen con un interés casi antropológico. Ahí es donde radica la novedad y también la grandeza del relato: es una narrativa social y costumbrista que recuerda al naturalismo francés en lo literario o al neorrealismo italiano en lo cinematográfico. Hasta cierto punto podría considerarse incluso un primo ilustrado, por lo gráfico, de ese realismo sucio que  por aquel entonces empezaba a hacer cristalizar Bukowski.


Eisner completaría su retrato costumbrista del Bronx con otras dos novelas gráficas: Ansia de vivir (1988) y La Avenida Dropsie (1995), configurando  una trilogía clásica que para todos los críticos supone sin lugar a dudas el inicio de la novela gráfica tal y como la conocemos ahora: una obra literaria con cierta extensión, carácter autoconclusivo y que emplea el lenguaje visual de la historieta como principal vehículo narrativo. La aportación de Eisner en ese sentido es tan importante que los premios que anualmente entrega la industria del cómic llevan su nombre.   Es cierto que hubo novelas gráficas antes de Eisner pero no alcanzaron la calidad ni la madurez narrativa que logró imprimirles este autor. Por eso Will Eisner es el principio y por eso, puestos a elegir una obra cuya lectura resulta imprescindible, Contrato con Dios salta de inmediato a la cabeza de la lista.


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