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Óscar Delgado
Miércoles, 8 enero 2014
Viajes

Del este al oeste, obsesión viajera

La camaleónica Berlín se erige como tablero de recreación de momentos recientes del devenir histórico del viejo continente. Al viajar a la capital alemana te sientes como figura de juego de mesa, como ficha de emociones encontradas bajo la ansiedad permanente de saber en qué lado de la historia quedas ubicado en tus paseos: en la antigua RDA o al otro lado de lo que fue el Muro.

[Img #19261]Opciones lowcost, todas para llegar a Berlín. Con una buena planificación y unas mínimas dotes rastreadoras por la cosa web, se puede viajar a la capital alemana sin caer en un desembolso mayor de lo que costaría desplazarse desde Valencia a Asturias. Ya se sabe, en los últimos tiempos es más fácil volar a capitales extranjeras que hacerlo entre ciudades de un mismo país. 360 Grados Press organizó su viaje de 72 horas vía Barcelona con llegada a Schönefeld, aeropuerto en el que aterrizan las compañías de bajo coste.

 


[Img #19264]Desde allí, enseguida comprobamos que el transporte público de Berlín es uno de sus puntos fuertes. 26 euros por persona para tres días de desplazamientos ilimitados en metro, tren de cercanías, autobús o tranvía por las zonas ABC y descuentos en establecimientos y otros servicios adscritos a la Welcome Card, que así se denomina dicho título adquirido en la propia terminal de llegadas del aeródromo berlinés. Cada 20 minutos, un tren ce cercanías (S-Bahn) te lleva al centro de la ciudad, donde puedes enlazar con la estación de metro (U-Bahn) más cercana a tu destino. Llama la atención que no existan tornos, ni que nadie te pida el billete cuando subes a un medio de transporte público. Sólo lo validas una vez y listo. Eso sí, las multas por no portar billete son elevadas, aunque en la mentalidad alemana no aparece configurada la opción de disfrutar de un servicio público sin pagar por ello.


 

Funcionalidad y caos estético

[Img #19266]De la primera toma de contacto con la capital, uno tiene la sensación de estar en procederes del siglo XX salpicados por una estética futurista y por -ismos; o a diseños vintage heredados de otros tiempos con funcionalidad social precisa. Es paradójico también, y sobre todo en época de sempiterna crisis para el sector de la construcción en latitudes ibéricas, toparse repetidas veces con obra pública (ampliación del metro o restauración de edificios de singularidad perdida por las bombas de la guerra) y promociones de viviendas, como si el tiempo de la burbuja inmobilaria siguiera vivo en Berlín.

 


La capital es tan bohemia como moderna, tan setentera como sigloveintunesca, tan alemana como europea, tan creativa como deconstructiva, tan silente como ruidosa, tan juerguista como cosmopolita, tan artística como callejera. No es difícil imaginarse las dificultades por los que atravesó su sociedad durante 90 años del siglo XX, de guerra en guerra, de restricción en restricción, de merma de derechos a ausencia de libertad.


 

A rescatar del pasado aquellas historias emblemáticas, a no olvidar la barbarie del nazismo, a reconstruir las heridas de lo que ocurrió para no volver a caer en errores inhumanos, a reinterpretar los hechos sociales y políticos que marcaron todo el devenir de la posguerra hasta la caída del Muro… ayudan las cooperativas que, en turnos matutinos y vespertinos, organizan excursiones por la capital y el extrarradio y a conocer mejor la simbología de las construcciones, de las restauraciones, de lo queda de ayer y de lo que proyecta el hoy. 360 Grados Press participó en tres: la que nos condujo al campo de concentración de Sachsenhausen, en Oranienburg; la que nos guió por el Berlín imprescindible y la que nos mostró el subsuelo de la capital, cobijo para civiles durante los bombardeos de las grandes guerras y solución de escape para los que intentaron burlar el Muro en la Guerra Fría desde el metro, el alcantarillado o mediante la construcción de túneles.


 

[Img #19267]De la primera excursión, a Sachsenhausen, queda el silencio sobrecogido de lo que ocurrió entre aquellos muros hoy restaurados o recordados desde la maqueta que da la bienvenida al visitante, testigos del horror vivido en los denominados ‘campos de trabajo’ por la propaganda nazi. Un paseo de tres horas por la instalación que no deja indiferente a quien lo visita y que cumple el cometido de refrescar la memoria para que hechos tan inhumanos no vuelvan a producirse jamás.


 

Gastronomía de barrio

En el capítulo de la comida, y más allá del obligado paso por el restaurante típico alemán para probar el chucrut o las salchichas, es obligado frecuentar los restaurantes turcos, vietnamitas, coreanos o thai que se distribuyen por toda la ciudad y cuyos barrios acogen con devoción. Es el caso de Kreuzberg, donde un más que recomendable paseo nocturno conducirá al paladar por delicias asiáticas y por oportunidades para el ocio solapadas a la experiencia gastronómica entre viviendas asimétricas, algunas casas ocupadas, bajos modernos y decibelios por encima del nivel del resto de la ciudad.


 

Como apellido, siempre queda el interrogante sostenido: ¿en qué parte estoy? ¿en la antigua RDA o en la RFA?


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