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Manolo Gil
Jueves, 21 noviembre 2013
Columna

Cuando descubrí a Elena Poniatowska

Me apasiona la literatura y siento curiosidad por lo que se cuece en cualquier parte del mundo. Esté donde esté, y por corto que sea mi viaje a un país extranjero, siempre visito alguna librería para conocer lo que se lee en esos momentos y en ese país. Si conozco el idioma y puedo leerlo, compro algunos libros, generalmente de autores contemporáneos recomendados por el propio librero. No es un acto de esnobismo, sino una forma de asociar la literatura a las vivencias y a geografías, a momentos concretos. Una manera de convertir los libros en objetos de mi memoria, porque, a fin de cuentas, las personas no somos nada más allá de la memoria y la literatura.

[Img #18965]En 1990 pasé unas cuantas semanas en México por motivos de trabajo, concretamente en el estado de Michoacán. Un día le pedí a un colega  que trabajaba en la UNAM, que  me recomendará un par de libros de autores que considerara imprescindibles, por supuesto  fuera de los Octavio Paz, Carlos Fuentes, Juan Rulfo o Amado Nervo.  Me recomendó dos,  cuyos libros compré en aquel momento y sigo guardando  con mucha estima. Uno era La vida inútil de Pito Pérez, de José Rubén Romero. Una novela picaresca publicada a finales de los años treinta del siglo pasado que sigue no dejando títere con cabeza. La acción transcurre en Santa Clara del Cobre, una pequeña ciudad de Michoacán donde tuve ocasión de asistir a una de las manifestaciones religiosas más delirantes y surrealistas que he presenciado en mi vida: una procesión a la Virgen de Guadalupe en coche. México es así. El otro libro era una novela corta, titulada Querido Diego, te abraza Quiela, que narraba una muestra de amor tan desgarradora como la que manifestaba  la  pintora rusa Angelina Beloff por su ex pareja, el gran muralista mexicano Diego Rivera. La novelita la firmaba una autora desconocida para mí hasta aquel momento, pero muy reconocida en su país, tanto como escritora como periodista.  Era Elena Poniatowska. La novela me gustó tanto que pocos días después leí La noche de Tlatelolco, la durísima crónica de la represión contra los estudiantes en 1968, en la Plaza de las Tres Culturas de Mexico D.F.


Así entré en contacto con esta escritora comprometida con el feminismo y la defensa de los más desfavorecidos; una autora de prosa clara y concisa, transparente y concreta. Volví a España y tardé años en escuchar su nombre de nuevo. No fue hasta  2001, cuando le concedieron el Premio Alfaguara de Novela por La piel del cielo. En 2011 volvió a estar de actualidad al ganar el Premio Biblioteca Breve por Leonora, novela basada en la vida de la pintora Leonora Carrington. Ambos premios hicieron que su nombre comenzara a ser conocido en nuestro país por el gran público. Pero una cosa es conocer y otra bien distinta ser leída, algo que no lo ha sido hasta ahora en España, como sucede con miles de autores hispanoamericanos.  ¡Damos la espalda a tantas cosas! Esta semana le ha sido concedido el Premio Cervantes, el premio más importante en lengua castellana.  Se hace justicia. Me he alegrado mucho y he recordado el día en que oí por primera su nombre y quedé fascinado por su Querido Diego, te abraza Quiela.


[Img #18966]Le he hecho este homenaje que comporta contigo que ahora estás leyendo este artículo. He buscado la novela entre mis libros y el azar me ha llevado hasta este párrafo, casi al final de la narración. Un párrafo que me resulta ahora premonitorio. Así habla Quiela de Diego Rivera que ha abandonado París: “Élie Faure me dijo el otro día que desde que te habías ido, se había secado un manantial de leyendas de un mundo sobrenatural y que los europeos teníamos necesidad de esta nueva mitología porque la poesía, la fantasía, la inteligencia sensitiva y el dinamismo de espíritu habían muerto en Europa. Todas esas fábulas que elaborabas en torno al sol y a los primeros moradores del mundo, tus mitologías, nos hacen falta, extrañamos la nave espacial en forma de serpiente emplumada que alguna vez existió, giró en los ciclos y se posó en  México. Nosotros ya no sabemos mirar la vida con esa gula, con esa rebeldía fogosa, con esa cólera tropical; somos más indirectos, más inhibidos, más disimulados”. Elena Poniatowska nos hace amar con gula, con rebeldía. Y eso es mucho. 


 

 

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