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Óscar Delgado
Jueves, 11 octubre 2012
Viajes

Cuando Menorca se escribía sobre piedra

Descubrimos el lado más protohistórico de la isla, el que abarca los dos milenios a.C., desde los restos que encontramos en la actualidad, a pie de monumentos. Nos preguntamos por cómo fueron aquellos tiempos de rituales, de ceremonias, de jerarquías, de una sociedad que dejó como herencia menorquina sus construcciones más inquietantes. Talayots, taulas, hipogeos, naves funerarias… asaltan al viajero, que encuentra en ellos una alternativa otoñal de ocio en la isla del «Camí de Cavalls».

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La imaginación es caprichosa y evoca sentidos primigenios cuando se encuentra frente a construcciones prehistóricas o protohistóricas como las que salpican Menorca. ¿Quién vivió en aquel poblado? ¿Por qué construían algunas de sus edificaciones en círculos? ¿Qué sentido tendrían los ritos y ceremonias que las sociedades del segundo milenio a.C. celebraban en las características taulas menorquinas? ¿Por qué levantaron hipogeos?

 

Estas preguntas asaltan al visitante de tan misteriosas construcciones especialmente cuando el otoño ya se ha apoderado de la isla, cuando las lluvias empiezan a regar los campos donde las vacas pastarán en libertad, dentro de las parcelas y minifundios característicos de Menorca, hasta que el buen tiempo lleve de nuevo a los bañistas a la playa. Entre prados verdes sembrados, entre caminos rurales y carreteras principales, bajo cielos nublados y tormentas, las construcciones talayóticas no dejan indiferente a nadie. Porque a poco que uno esté pendiente del paisaje se topa con un conglomerado de atractivos de piedra, perfectos para echar la historia imaginaria a volar.  

 

[Img #16102]De un característico color blanquecino, proyectan misterio y despiertan muchas dudas entre la comunidad investigadora, que aún trata de desempolvar los usos que las sociedades menorquinas de ese punto de la historia dieron a dichos monumentos. Edificios sociales, defensivos, de culto, funerarios o rituales son las versiones que acaparan los talayots, símbolo de una época en la que las jerarquías comenzaron a imponerse. De hecho, hay teorías que apuntan hacia el uso por parte de jefes tribales de los talayots principales de los poblados, aunque por su presencia imponente pudieron dirigir su praxis más habitual hacia puestos de vigilancia.

 

En bicicleta, en coche o a pie, por rutas que definen a Menorca como el Camí de Cavalls, la visita a los monumentos se puede estructurar por etapas y hacerla coincidir con otros de los muchos atractivos de aventura o de ocio que presenta la isla. Así, después de conocer el poblado pesquero de Binibeca, reclamo turístico de la isla, se puede tomar el camino protohistórico hacia Sant Climent y visitar, por ejemplo, los Santuarios de So Na Caçana, donde se contempla un complejo talayótico documentado desde el siglo XIV compuesto de dos santuarios con taula (mesa) y otras construcciones de posible funcionalidad religiosa. Allí, un gran talayot erigido en el punto más elevado del montículo fue en su origen lugar de encuentro de varias comunidades y su construcción podría datarse en torno al siglo X a.C.

 

El único pero que se puede poner es que para visitar algunos de estos yacimientos, como el indicado anteriormente, haya que realizar un pequeño desembolso de entre 2 y 3 euros, destinados según indican en los propios complejos a mantener las líneas de investigación histórica que aún se desarrollan y cuyos principales hallazgos materiales descansan en el Museo de Menorca.

 

[Img #16101]Con todo, el paisaje de la isla está salpicado de estos monumentos y no es difícil avistarlos en sintonía con otra de las ocupaciones más preciadas del turista que visita Menorca, aún en otoño: las puestas de sol. De hecho, en las cercanías de Ciutadella, y camino a Punta Nati, encontramos numerosos talayots en una senda ciclista estrecha y de vallas empedradas. Monumentos que dibujan la luz anaranjada del sol y que despiertan versiones alegóricas de lo que pudieron representar hace 3.000 años. Cerca del mismo núcleo poblacional también surge imponente la naveta funeraria de Es Tudons y taulas (mesas rituales) como la de Talatí de Dalt, en el otro extremo de la isla, en Mahón.

 

Un trabajo minucioso el del investigador y el del visitante; el de quien trata de extraer las claves de la historia de la isla y de sus primeros pobladores, como el de quien pisa el terreno en pleno siglo XXI, con la cultura fílmica en los pensamientos y el fascinante viaje imaginario a un tiempo en el que el turismo se escribía con letras de supervivencia ritual, religiosa y supersticiosa.

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