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David Barreiro
Miércoles, 10 octubre 2012
Humor

En cueros en la azotea

El prolongado veranillo de San Miguel fue la excusa perfecta esgrimida por el jefe de Peláez para, como de costumbre, no hacer nada, y tumbarse en cueros en la azotea del edificio del periódico. Tranquilo está el buen hombre pues sabe que unos pisos más abajo Peláez sigue escribiendo sin parar, como una hormiga, tratando de comprender la realidad y de transmitirla a sus lectores. Y eso que los derechos sociales son una quimera para el humilde periodista de provincias y que su labor en el periódico se ha reducido al absurdo de tener, incluso, que hacerle cosquillas a su ínclito jefe porque le da 'gustirrinín'.

[Img #16093]Pero, bien porque no quiere perder su empleo, bien porque es así y no puede ser de otra manera, Peláez sigue al pie del cañón, sin dar siquiera un solo trago tal y como le insiste que haga el director de este diario cuyos diálogos con el plumilla cada mañana nos alegran (por la forma) y, al mismo tiempo, entristecen (por el fondo) el día.

 

 

Jueves 4 de octubre

 

– Me encanta este solecito, Peláez ¿y a usted?
– Ni lo sé, jefe, llevo diecisiete días sin salir de aquí.
– ¿Pero por qué?
– El trabajo... Muchas páginas que escribir, muchas historias que contar.
– ¿Tanto lee la gente, rediós?
– La realidad no se detiene, jefe.
– La realidad es una mierda, como uno de esos empujadores del metro de Tokio. Nos estruja.
– Cierto, jefe, da miedo todo lo

que pasa a nuestro alrededor.
– A veces me gustaría meter la cabeza en la tierra como los pelícanos.
– Son las avestruces.
– Reptil al fin y al cabo.
– Ave
– ¿Pajarraco?
– Sí
– Leñe...
– En fin, jefe, tengo que seguir escribiendo noticias.
– Dele, dele, yo voy a subir un rato a la azotea.
– ¿No está ya bastante moreno, jefe?
– Aún tengo la marca del trikini, mire... tengo que quitarla.
– ¿Hace nudismo?
– Claro, no sabe el gustirrinín que da pegar el culete al cálido cemento.
– No quiero ni imaginarlo, jefe...
– Pues eso, me las piro.
– Chao
– Ni chao ni leches, súbame un mojito en cuanto acabe esa noticia.
– Grrrr….


 


Viernes 5 de octubre

 

– ¡Peláez!
–¿Sí, jefe?
– Venga a mi despacho.
– Voy, jefe, en cuanto...
– ¡Ahora! ¡Y tráigame una aspirina!
– Voy...
– Ya está tardando...
– Aquí tiene, jefe ¿le duele la cabeza?

– No, pero me dolerá
– ¿Cómo lo sabe?
– Porque a las once me reúno con los cuervos y sus graznidos me ponen la cabeza como una pandereta.
– ¿Tengo que preocuparme por esa reunión, jefe?
– No, hombre...
– ¿Seguro?
– ¿Escribe usted de lo que quiere o le censura la dirección?
– Me censura la dirección.
– ¿Puede hacer comentarios personales en las redes sociales o es coartado por la empresa?
– Soy coartado por la empresa
– ¿Trabaja las horas estipuladas por el convenio colectivo o cuando me sale de las pelotas a mí?
– Cuando sale de las pelotas a usted
– ¿Cobra su sueldo puntualmente o de pascuas a ramos?
– De pascuas a ramos.
– Entonces no tiene por qué preocuparse, Peláez, todo va a seguir igual.
– Me alegro, jefe.
– Aaaaaaaaa….
– ¿Qué hace? ¿Por qué abre la boca y saca la lengua?
– ¿No va a darme la aspirina? Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa….
– Uf… aquí tiene… beba un poquito de agua… así… muy bien…


 

 

Lunes 8 de octubre

 

– ¡Peláez!
– ¿Sí, jefe?
– Deje lo que esté haciendo y venga a mi despacho.
– Ya estoy aquí, jefe, limpiando los cristales ¿qué quiere?
– ¡Leñe! No le veía… quería hablarle de la foto que tiene en la pantalla del ordenador.
– Es una foto mía, jefe.
– Lo sé. Y quería felicitarle. He de reconocer que se conserva mejor que el atún en escabeche, Peláez.
– ¿Qué quiere decir, jefe?

– Que está usted igualito que en la foto.
– Me la saqué ayer, jefe.
– ¿Ayer?
– Exacto
– ¡Dios! ¿Y se ha puesto así de amarillenta? Deje el tabaco, hijo.
– No, jefe, es así, está hecha con Instagram
– Pues es una cámara de mierda. ¿No ha oído hablar de Canon, Nikon y la madre que lo parió?
– No, jefe, no es una cámara, sino una aplicación. Lo amarillo es un filtro, le da un aire vintage.
– ¿Sabe lo que es en mi pueblo un aire vintage, Peláez?
– ¿El qué jefe?
– El olor a viejo, como el cura.
– Es que usted no va a la moda, jefe.
– No, prefiero quedarme quieto y que las modas vengan a mí.
– ¿Y van?
– Por ahora, no.
– Ya me imagino. No se llevan su ínfulas carpetovetónicas.
– Otra esdrújula y le castro.
– De acuerdo, jefe, Desde ahora llano y agudo ¿puedo irme?
– No. No puede, debe irse.
– Adiós.
– Adiós.


 

 

Martes 9 de octubre

 

– Ji ji ji ji ji ji… ya basta…
– ¿Seguro, jefe?
– Ji ji ji… sí… ji ji ji… gracias, Peláez.
– De nada, jefe, no me importa hacerle cosquillas si tanto gusto le dan
– Ji ji ji es que se me pone la piel de gallina y todo ji ji ji..
– Pues nada, jefe, yo me voy a un desayuno de trabajo.
– ¿Desayuno ji de trabajo? ¡Vaya ji ji contradicción!
– No, jefe, se hace mucho ahora. Antes eran comilonas o cenorras, pero con la crisis lo han dejado en desayunos frugales.
– A mí no me gusta la fruta.
– Frugales no frutales.
– La fruga tampoco me gusta, sea lo que sea.
– Ya… vale…
– Y no me hable de comida, que estoy en huelga de hambre.
– ¿En huelga de hambre?
– Sí, en protesta por la situación económica global.
– Pero jefe…
– ¿Qué pasa? ¡Soy un hombre de principios!
– Ya, pero… esas almendritas…
– Bueno, hombre algo tendré que picar….
– Si es una huelga de hambre, jefe…
– Venga, hombre, que no me ve nadie…
– Entonces para qué la hace, jefe…
– ¿Nunca puede dejar de tocarme las pelotas, Peláez? ¡Deje de pensar, carapán!
– De acuerdo, jefe, me voy al desayuno...
– Váyase. Y robe unos curasanes para la merienda, que me voy a morir da hambre
– Está bien, jefe…
– Genial, Peláez, está genial.


 

 

Miércoles 10 de octubre

 

– ¡Peláez! ¿Qué hace?
– La ronda, jefe.
– ¿A qué señorita corteja, bribón?
– La ronda de llamadas a mis fuentes, hombre...
– Vale, vale, se me olvidaba que usted se pasa todo el puñetero día trabajando. En la vida hay otras cosas, ¿sabe?
– Lo intuyo, pero usted no me deja salir de aquí…
– Es verdad… bueno… yo disfrutaré por usted de los pequeños placeres, usted escriba.
– Eso hago je

fe, sin parar.
– Perfecto, eso sí... le permito tomarse un chupito de whisky cada cuarto de hora…
– No bebo cuando trabajo, jefe.
– ¿Es usted un periodista abstemio? ¿Me está diciendo eso?
– Exacto, jefe.
– Y ahora me dirá que su mujer le quiere…
– Eso creo…
– … y que se limpia los zapatos…
– Usted lo ha dicho.
– Pufff… qué decadencia… en qué ha quedado este oficio...
– Sé que no es lo habitual…
– Me conformaré con saber que es usted un rara hertz.
– Rara avis, jefe.
– ¿Lo ve? Siempre buscando la perfección, como Leonardo en la Capilla Sixtina.
– Miguel Ángel.
– Encantado, Miguel Ángel, a mí llámame jefe, profeta o Dios, como prefiera.
– Diosssss….
– Empieza bien, muchacho, muy bien.

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