Miércoles, 25 julio 2012
Arte

Los tampantojos de Michel Koven o el juego de las casualidades

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Manolo Gil

En mi vida siempre han tenido importancia las casualidades, esos hallazgos o encuentros fortuitos que enriquecen nuestro relato biográfico aunque sólo sea por unos instantes. Creo en las casualidades, y tal vez por eso me fascinan las novelas de Paul Auster y me obsesiona hasta el paroxismo la magdalena de Proust capaz de convulsionar la memoria y rescatar del olvido las cosas más peregrinas e insospechadas.

[Img #15744]Llegué a Michel Koven (New York, 1954) por una serie de casualidades que, en una ciudad como Valencia, siempre acaban tejiendo una tupida red de relaciones en la que todos tenemos amigos y conocidos comunes. No me voy a alargar en cómo llegué a este artista norteamericano afincado en esta ciudad desde hace años, sólo quiero decir que en tal acercamiento se mezclan compañías de instituto, música clásica, televisión, política, buen vino, peperoncini, y hasta preferencias literarias similares silenciadas como ese libro de W.H. Auden depositado sobre una mesa y bajo un cuadro de Blas Parra, otra casualidad, que fue lo primero que vi al entrar en la casa de Michel. Una casa que también por casualidad adquiere la esencia de la magdalena proustiana y desarrolla en mí todo un universo adormecido de vuelta a la infancia, porque se encuentra en el barrio de Sant Bult, a tan sólo a unos pocos metros de la casa donde nací y viví hasta los dieciséis años. Un barrio y una infancia que reconozco siempre en el espejo napolitano de las novelas de Erri De Luca. ¡Nápoles y Valencia se parecen tanto! ¡El barrio de Sant Bult de mi infancia y el Quarieri Spagnoli son tan iguales! No es baladí, pues, que en este contexto urbano, real y evocado con un mar de por medio, vivan las pinturas de Michel Koven.

 

Siempre hablamos de los artistas, de los aspectos formales de su obra, de su contenido, pero pocas veces nos acercamos a ellos desde nosotros mismos como contempladores, como depositarios últimos que escrutamos con la mirada. Nosotros y la obra, y tras ella el artista; nosotros y el tiempo y ante el tiempo, como nos dice Didi-Huberman.

 

[Img #15745]Todo mi acercamiento a la obra de Michel lo hago desde el subjetivismo, desde todos los matices que me permite la percepción desde mi yo, con todo el aluvión de casualidades que me ha conducido hasta ella. Al contemplar estas pinturas la percepción y lo fortuito van ligados en mi interior de manera indisoluble, porque más allá del formalismo se encuentra la emoción, y sin ésta no hay mirada estética que valga. En mi aprehensión de la obra de Michel Koven se mezclan arte, recuerdos, sugerencias, poemas y territorio urbano que nada tienen que ver con él, pero que el juego de las casualidades ha ensamblado una turbadora cadena de significaciones personales.

 

Las pinturas de Michel son de técnica mixta. Combina la fotografía con el gouche y el pastel. Crea fondos sobre los que superpone otras imágenes, generalmente procedentes de grabados renacentistas y barrocos, que luego pinta con una paleta cargada de azules, ocres, añiles, granas… Compone así una nueva imagen con categoría de trampantojo emparentado con las pinturas de murales de Pompeya, de los velati de la Capella de Sansevero, de los altares de ánimas en Via Tribunale. Siempre en mí Nápoles ficticio o los atzucacs rememorados del barrio de Sant Bult. 


[Img #15747]Motivos grutescos, mitológicos, símbolos renacentistas y barrocos, a veces agrietados, que conversan entre sí, que adquieren nuevas lecturas, que se abren a nuevas posibilidades estéticas. Un mundo onírico, neoplatónico, poético como sólo los sueños y las quimeras lo pueden ser. Inquietante y placentero. Dual. Una ilusión óptica que es casi un palimpsesto en el que aflora el todo y la nada, como en esas viejas pizarras escolares en las que por mucho que borrabas y borrabas siempre permanecía la huella de una imperfecta caligrafía infantil trazada con tiza. Huellas o desconchados, en definitiva tiempo, que invitan a la curiosidad escatológica a que descubra un vacío turbador o un infierno. Palabras y huellas que no se resignan a desaparecer, como esos recuerdos que vuelven a nosotros por casualidad para gritarnos que no están muertos.

 

Nota: Podéis conocer la obra de Michel Koven visitando www.michelkoven.com  o en su página de facebook

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1 Comentario
Elisa Carrillo
Fecha: Viernes, 3 agosto 2012 a las 09:27
Me gustó mucho
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