El verano ha entrado de golpe, como un pariente pesado, en la redacción del periódico de provincias de Peláez y tanto el humilde redactor como su jefe padecen las consecuencias.
Así, el periodista no puede dormir por las
noches y llega agotado al trabajo para escuchar, para colmo, a su jefe
insertando la palabra Coca-Cola en cada una de sus frases en lo que él
califica, no sin cierta dosis de razón, de “publicidad subnormal”. Y así llegó
la victoria española en la Eurocopa que el jefe de Peláez celebró y olvidó
al instante asustándose al ver, al día siguiente, a tanta gente vestida de rojo
por la calle, creyendo que eran comunistas.
De este modo, en fin, transcurre el estío en esta redacción, entre fútbol, noticias decadentes y el mundo interior del jefe del diario que no son otra cosa, en realidad, que gases.
Jueves, 28 de junio
– ¿Y esos ojos, Peláez? Dígame que es
maquillaje..
– Me encantaría, jefe, pero son ojeras. No he podido dormir.
– ¿A usted también le corroe la culpa?
– No, jefe, es por el calor.
– Bueno, no se preocupe, el tema está tranquilito… Le permito echarse una
siesta.
– Uno nunca sabe cuándo va a haber breaking news…
– Haya lo que haya en la cafeta, usted pídase gazpachito, como hago yo.
– Haré lo que usted diga, pero antes tengo que ir
al desfile de vigilantes de la playa.
– Recuerdo haber estado en la playa una vez, en el
78. Me quemé las tetillas.
– Hay que usar protección, jefe.
– No, soy director de un insigne periódico, pero no
necesito guardaespaldas.
– Solar, me refiero.
– Llevo unas Rainman.
– Rayban.
– Gran película
– Es al revés
– Película gran.
– Uf…..
Viernes, 29 de junio
– ¡Peláez! Quiero verle enseguida en
Coca-Cola mi despacho, por favor.
– Espere a que ponga el punto final, jefe.
– No espero por Coca-Cola nadie, Peláez. O viene o lo despido.
– Ya estoy aquí, jefe, ¿qué quiere?
– ¿Recuerda el pequeño cortocircuito de la Coca-Cola semana pasada?
– ¿Pequeño? Se incendió el edificio entero y cuatro personas acabaron en el
hospital.
– Eran becarios, Peláez, no exagere. Así es la
chispa de la vida.
– Lo que usted diga, pero aún huele a quemado.
– Deje de Coca-Cola quejarse, leñe.
– Y aún estamos sin paredes.
– ¡¡¡Así todo es másssss refressssscante!!!
– Si estamos a cuarenta grados a la sombra de los
pinos…
– ¡Bah! El caso es que quiero Coca-Cola que desde
hoy se tome la vida con optimismo, como una burbuja que no para de subir.
– ¿De qué habla, jefe? ¿Por qué dice Coca-Cola cada
dos por tres?
– Ssssshhhh…. Hable bajo que le van a oír… Me lo
han pedido ya que no hay anunciantes. Se llama publicidad subnormal.
– Subliminal, jefe.
– Lo que sea..ssshhh… más bajo que le oyen.
– Está bien, Coca-Cola jefe…. ¿algo más?
(susurrando) – Tráigame un whisquito porfa, la
Coca-Cola esta a palo seco no hay quien se la trague….sssshhh… pero disimule...
ssshhh
Lunes, 2 de julio
– Peláez, redactor multisectorial, al
habla.
– ¿Qué hace, Peláez?
– Escribo sobre la victoria española, jefe.
– ¿ Lepanto?
– Kiev.
– No me suena... De todas formas, hablemos de fútbol, carajo. Lo de ayer fue
poesía, Peláez, pura poesía.
– Once trovadores.
– Trío de jotas al as.
– ¿Qué dice?
– No sé, ¿no jugábamos a la cartas?
– Utilizábamos símiles, jefe.
– No se enrolle, Peláez.
– Bueno, jefe, parece que hoy el país se ha
levantado con una sonrisa.
– No crea, Peláez, el grupo Prisa está tiritando.
– Me refiero a la nación.
– ¿La Nación? Argentina me la pela, hijo.
– ¡Quiero decir que somos campeones de Europa,
leñe!
– ¡Ah! Cierto Peláez… ¿sabe qué?
– Qué, jefe.
– Le quiero mucho.
– Y yo a usted, jefe
– Venga, cuelgue.
– No, cuelgue usted.
– No, usted primero, Peláez.
– No, jefe…
Martes, 3 de julio
– ¡Jefe! ¿Dónde anda?
– Ssssshhhh.... aquí dentro Peláez… ssshhhhhhh
– ¿Pero qué hace en el conducto de aire acondicionado, jefe?
– ¿Usted qué cree, cenutrio? ¡Esconderme!
– ¿De quién?
– ¿No lo vio ayer o qué? Han vuelto los rojos.
– ¿Los comunistas?
– Sí, Peláez, la calle estaba llena de ellos.
– ¡Que no, jefe! Era la selección
– ¿Una selección? ¿Quiere decir que aún hay más?
– No, no es eso, celebraban el partido.
– ¿El PCE? Lo creía enterrado, carajo.
– No, el fútbol, ¿no se acuerda de la final?
– El final, Peláez, masculino. También conocido
como Apocalipsis. Sí que lo recuerdo y sé que volverá a llegar si estos toman
el poder.
– Tan solo han tomado Cibeles y, como mucho, Neptuno,
jefe.
– ¡Jodón! ¿Tienen naves espaciales los putos rojos?
– Déjelo, jefe... Hala, quédese ahí.
– Claro que sí, esperaré aquí a que pase el
huracán, ¿me oye?
– Le oigo, jefe, le oigo.
– Necesitaré un kit de supervivencia, Peláez…
– ¿Saco de dormir y cantimplora?
– Sí, eso puede estar bien si empieza la contienda,
pero de momento estaba pensando en whisky y almendritas...
Miércoles, 4 de julio
– ¿Qué hace, jefe, por qué mira al infinito?
– Miro la pared, Peláez.
– Sí, pero como si estuviera mirando más allá, hacia otro lugar del tiempo.
– Así es, vasallo.
– ¿Y en qué piensa?
– En cómo tendré que asumir pronto los excesos del pasado.
– Admiro su mundo interior, jefe.
– ¿Mundo interior? Llámelo así, si quiere, en mi pueblo son gases.
– Nobles en cualquier caso.
– No lo sé, Peláez… el caso es que me arrepiento tanto…
– Siempre en la vida llega el momento de mirar atrás, jefe, ¿quizás un amor que
dejó escapar? ¿Ese tren que nunca cogió? ¿Esa vez que dijo no y le atormenta?
– Más bien la fabada que me acabo de trincar, Peláez.
– ¿A cuarenta grados, jefe?
– Ya ve, Peláez, uno es débil. ¡Ay! ¡Mi tripa!
– Le dejaré solo, jefe, necesita… reflexionar.
– Váyase, eufemista de pacotilla.