Las razones por las que un profesional de la talla y el empaque de Peláez sigue a las órdenes de su ínclito jefe, por más esfuerzos que hacemos, no las llegamos a comprender. Un hombre con el que es imposible mantener la más trivial de las conversaciones, que trata con despotismo a sus empleados y que, para colmo, no les paga, ¿cómo puede seguir ahí? ¿cómo puede el periodista de provincias seguir a su servicio?
Mientras
tratamos de hallar una respuesta, hemos de conformarnos con los cables que nos
llegan y que nos hablan, una semana más, de un hombre que tan solo piensa en sí
mismo, capaz de contratar a “becarios ventilantes” en lugar de cambiar el
aparato de aire acondicionado o quejarse del trato impersonal de la agencia
tributaria cuando es el peor de los burócratas. Compadecemos a Peláez y le
animamos a seguir adelante a pesar de tener que soportar a alguien que cree que
el Inem es un país de Oriente Próximo y afirma que Ponferrada está unas veces
en El Bierzo y otras en Dakota del Norte.
Jueves, 7 de junio
– ¿Qué carajo le pasa al aire
acondicionado, Peláez? ¡Me asfixio!
– Está averiado, jefe.
– ¿Desde cuándo?
– 1997
– ¿Desde el siglo pasado?
– Eso es.
– Supongo que tendré que hacerlo, entonces…
– ¿Va a repararlo?
– No, contrataré a un becario con paipay.
– Los becarios no están para eso, jefe. Están para
aprender.
– Abanicar tiene su ciencia, Peláez.
– Puede ser, pero necesitamos formar a los
periodistas del mañana.
– ¿Periodistas del mañana? Eso es una
contradicción, Peláez. Como silencio atronador.
– Un oxímoron…
– ¿Dónde? ¿En mi espalda? ¡Quítemelo, por Dios, me
dan mucho asco!
– No, jefe oxímoron es una figura literaria. La
combinación de dos palabras con significado opuesto que dan lugar a una nueva
expresión.
– Ya, pero ¿muerde o no?
– No lo creo.
– Menos mal. En fin, voy a pedir unos becarios
ventilantes. ¿Usted quiere uno o no?
– Yo no, jefe, no me aprovecharé de la bisoñez de
esos muchachos.
– ¿Tienen peluquín?
– Déjelo, jefe.
– Lo dejo, Peláez, lo dejo. Pero porque yo quiero.
De hecho salgo afuera.
– Toma pleonasmo.
– No, gracias, ya pido un pincho en el bar.
Viernes, 8 de junio
– Peláez, ¿no nota muy distante a mi
secretaria? Mírela.
– No es su secretaria, jefe, es la estatua del fundador.
– Por eso se mostraba tan fría.
– El mármol, ya sabe
– ¿Y dónde carajo está mi secretaria?
– De baja maternal.
– ¿Otra vez?
– Nos reproducimos, jefe. Es lo que tenemos.
– Ya. Si pudiera, pariría yo por todas mis
empleadas.
– Dicen que duele.
– ¿Dolor? Estuve en Vietnam, Peláez, no me hable de
dolor.
– ¿En la guerra?
– No, en viaje organizado: tres escalas, siete
horas de esperas, quince de vuelo, dieciocho días en un autobús, otras tres
escalas, otras siete de esperas, otras quince de vuelo. Cuando llegué a casa no
sentía las piernas.
– Como Rambo, jefe.
– ¿A él le pasó lo mismo?
– Eso parece.
– Pues tengo que hablar con él, de turista a
turista. Dígale que venga a mi despacho.
– Usted manda, jefe, usted manda.
Lunes, 11 de junio
– ¡Ay! ¡Uy! ¡Ah! ¡Uj!
– ¿Qué le pasa, jefe?
– Me duele España y me duele todo el cuerpo, Peláez.
– ¿Pero qué ha hecho?
– Pasé todo el domingo haciendo deporte en el sofá. Primero con la raquetita,
luego con el balón y al final al volante. No puedo moverme.
– No sé cómo pierde el tiempo en eso con la que está cayendo, jefe.
– ¿Llueve?
– Jarrea, jefe, jarrea. España sigue al borde del abismo.
– Tiene razón, Peláez, el deporte es el apio del
pueblo.
– Opio.
– No, gracias, que me duermo.
– Así estamos, dormidos. Y ahora tienen que venir a
rescatarnos.
– ¿Quién?
– Bruselas
– ¿Qué es? ¿Una fragata?
– Más bien un barco pirata.
– Entonces no es un rescate, Peláez, sino un
abordaje.
– Usted lo ha dicho, jefe. Vagamos a la deriva en
el proceloso mar.
– Para procelosa mi mujer, no me deja ni bajar la
basura.
– La última vez que la bajó tardó un mes en volver,
jefe.
– No encontraba el contenedor de envases, Peláez.
– No cuela, jefe
– Tenía que intentarlo.
Martes, 12 de junio
– ¡Peláezzzzzzzzzzzzzzz!
– ¿Sí, jefe?
– zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz
– ¿jefe?
– zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz
– ¡Jefe!
– ¡Uy! Perdone, siempre que prolongo su nombre, acabo dormido
– Le creería, jefe, pero el pijama que lleva puesto…
– Ya, bueno, siempre hay que estar preparado en
esta vida.
– ¿Qué es lo quiere?
– ¡¡¡Quejarme!!!
– ¿De qué?
– Del ladrillo
– ¿La burbuja inmobiliaria y su posterior
explosión?
– No, nuestro periódico. Si se me cae al suelo
hundo el baldosado.
– Quizás sea un poco denso…
– ¿Un poco denso, Peláez? No hay ni una sola
fotografía
– No tenemos fotógrafos, jefe.
– ¿Adónde han ido?
– Al Inem
– ¿Un periódico de Oriente Medio?
– No, el puto paro.
– ¿Y quién les hizo acabar ahí?
– Usted, jefe.
– ¿Por qué?
– El nuevo contrato que les ofreció era lamentable
– ¿Y eso?
– Les pagaba por palabra escrita.
– Ya entiendo… quizás me pasé con ellos…
– Me alegro de que recapacite, jefe
– Pues sí, recazapato y… en fin…. supongo que habrá
que ir a buscarlos a ese extraño país. Hasta luego.
– ¿Adónde va, jefe?
– A la azotea, cogeré un helicóptero con destino a
Inem.
– No tenemos helicóptero, jefe, ni siquiera azotea.
– ¿Ah no?
– No
– ¿Y ese ventanuco del último piso adónde da?
– A un tejado a dos aguas.
– Ajá… entonces usará usted esa cámara de ahí
– Es de un megapíxel, jefe.
– Seguro que nos la deja, los megapíxel, como el
resto de nativos norteamericanos, son buena gente. Lo sé bien, pasé un verano
viviendo con los sioux, en Ponferrada.
– ¿En Ponferrada?
– Sí, Dakota del Norte
– Ponferrada está en El Bierzo, jefe.
– No siempre, Peláez, no siempre.
Miércoles, 13 de junio
– ¿Qué le
pasa, jefe? ¿Por qué está tan alicaído?
– Vengo de Hacienda, Peláez, de hacer la declaración.
– ¿Y qué le ha salido?
– Culpable.
– ¿Ha defraudado, jefe?
– No creo, dudo que esperaran mucho de mí.
– Quiero decir que si ha robado
– No, Peláez, no soy de esos.
– ¿Entonces?
– No sé, es todo tan impersonal… hay que enseñar el DNI, llevar mil papeles, te
dan número como en la frutería… ya no hay contacto humano, Peláez.
– La burocracia lo ocupa todo, jefe.
– Odio a los burócratas.
– Y yo. Por cierto, quería pedirle un día de vacaciones para ir a llevar a mi
abuela al pueblo que está en silla de ruedas y desea ver antes de irse de este
mundo a ocho nietos a los que no conoce.
– Tra la ra la ra la ra la ra…
– ¿Qué hace, jefe? ¿Por qué canta tapándose las orejas?
– Porque no sé de qué me habla, Peláez, sabe de sobra que tiene que rellenar
una solicitud en el programa interno de gestión, iniciar una petición por flujo
interactivo al departamento de recursos humanos para que estos, mediante otro
flujo interactivo me lo transmitan a mí y yo, después de imprimir a cuatro
colores la petición, analizar la situación y comprobar la estadística laboral
de los últimos diecisiete años y tomar la mejor decisión siempre y cuando no
considere necesario traspasar su petición por flujo interactivo al
"Subdirector general de cabeceras provinciales en declive" de nuestro
insigne medio de comunicación.
– Grrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr
– Así me gusta, Peláez, enfádese, que en este mundo lleno de burócratas nadie
parece tener sentimientos.
– Grffffsssrrrjjffffrrfjffjfjrrrruffff ufffff uffff
– Pero cierre la puerta, por favor, me molesta su farfulleo. ¡Siguiente!