Miércoles, 13 junio 2012
Humor

Sobre becarios ventilantes y otras aberraciones

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David Barreiro

Las razones por las que un profesional de la talla y el empaque de Peláez sigue a las órdenes de su ínclito jefe, por más esfuerzos que hacemos, no las llegamos a comprender. Un hombre con el que es imposible mantener la más trivial de las conversaciones, que trata con despotismo a sus empleados y que, para colmo, no les paga, ¿cómo puede seguir ahí? ¿cómo puede el periodista de provincias seguir a su servicio?

[Img #15497]Mientras tratamos de hallar una respuesta, hemos de conformarnos con los cables que nos llegan y que nos hablan, una semana más, de un hombre que tan solo piensa en sí mismo, capaz de contratar a “becarios ventilantes” en lugar de cambiar el aparato de aire acondicionado o quejarse del trato impersonal de la agencia tributaria cuando es el peor de los burócratas. Compadecemos a Peláez y le animamos a seguir adelante a pesar de tener que soportar a alguien que cree que el Inem es un país de Oriente Próximo y afirma que Ponferrada está unas veces en El Bierzo y otras en Dakota del Norte.

 

 

Jueves, 7 de junio

 

– ¿Qué carajo le pasa al aire acondicionado, Peláez? ¡Me asfixio!
– Está averiado, jefe.
– ¿Desde cuándo?
– 1997
– ¿Desde el siglo pasado?
– Eso es.
– Supongo que tendré que hacerlo, entonces…
– ¿Va a repararlo?
– No, contrataré a un becario con paipay.
– Los becarios no están para eso, jefe. Están para aprender.
– Abanicar tiene su ciencia, Peláez.
– Puede ser, pero necesitamos formar a los periodistas del mañana.
– ¿Periodistas del mañana? Eso es una contradicción, Peláez. Como silencio atronador.
– Un oxímoron…
– ¿Dónde? ¿En mi espalda? ¡Quítemelo, por Dios, me dan mucho asco!
– No, jefe oxímoron es una figura literaria. La combinación de dos palabras con significado opuesto que dan lugar a una nueva expresión.
– Ya, pero ¿muerde o no?
– No lo creo.
– Menos mal. En fin, voy a pedir unos becarios ventilantes. ¿Usted quiere uno o no?
– Yo no, jefe, no me aprovecharé de la bisoñez de esos muchachos.
– ¿Tienen peluquín?
– Déjelo, jefe.
– Lo dejo, Peláez, lo dejo. Pero porque yo quiero. De hecho salgo afuera.
– Toma pleonasmo.
– No, gracias, ya pido un pincho en el bar.

 


Viernes, 8 de junio

 

– Peláez, ¿no nota muy distante a mi secretaria? Mírela.
– No es su secretaria, jefe, es la estatua del fundador.
– Por eso se mostraba tan fría.
– El mármol, ya sabe
– ¿Y dónde carajo está mi secretaria?
– De baja maternal.
– ¿Otra vez?
– Nos reproducimos, jefe. Es lo que tenemos.
– Ya. Si pudiera, pariría yo por todas mis empleadas.
– Dicen que duele.
– ¿Dolor? Estuve en Vietnam, Peláez, no me hable de dolor.
– ¿En la guerra?
– No, en viaje organizado: tres escalas, siete horas de esperas, quince de vuelo, dieciocho días en un autobús, otras tres escalas, otras siete de esperas, otras quince de vuelo. Cuando llegué a casa no sentía las piernas.
– Como Rambo, jefe.
– ¿A él le pasó lo mismo?
– Eso parece.
– Pues tengo que hablar con él, de turista a turista. Dígale que venga a mi despacho.
– Usted manda, jefe, usted manda.

 

 

Lunes, 11 de junio

 

– ¡Ay! ¡Uy! ¡Ah! ¡Uj!
– ¿Qué le pasa, jefe?
– Me duele España y me duele todo el cuerpo, Peláez.
– ¿Pero qué ha hecho?
– Pasé todo el domingo haciendo deporte en el sofá. Primero con la raquetita, luego con el balón y al final al volante. No puedo moverme.
– No sé cómo pierde el tiempo en eso con la que está cayendo, jefe.
– ¿Llueve?
– Jarrea, jefe, jarrea. España sigue al borde del abismo.
– Tiene razón, Peláez, el deporte es el apio del pueblo.
– Opio.
– No, gracias, que me duermo.
– Así estamos, dormidos. Y ahora tienen que venir a rescatarnos.
– ¿Quién?
– Bruselas
– ¿Qué es? ¿Una fragata?
– Más bien un barco pirata.
– Entonces no es un rescate, Peláez, sino un abordaje.
– Usted lo ha dicho, jefe. Vagamos a la deriva en el proceloso mar.
– Para procelosa mi mujer, no me deja ni bajar la basura.
– La última vez que la bajó tardó un mes en volver, jefe.
– No encontraba el contenedor de envases, Peláez.
– No cuela, jefe
– Tenía que intentarlo.

 


Martes, 12 de junio

 

– ¡Peláezzzzzzzzzzzzzzz!
– ¿Sí, jefe?
– zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz
– ¿jefe?
– zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz
– ¡Jefe!
– ¡Uy! Perdone, siempre que prolongo su nombre, acabo dormido
– Le creería, jefe, pero el pijama que lleva puesto…
– Ya, bueno, siempre hay que estar preparado en esta vida.
– ¿Qué es lo quiere?
– ¡¡¡Quejarme!!!
– ¿De qué?
– Del ladrillo
– ¿La burbuja inmobiliaria y su posterior explosión?
– No, nuestro periódico. Si se me cae al suelo hundo el baldosado.
– Quizás sea un poco denso…
– ¿Un poco denso, Peláez? No hay ni una sola fotografía
– No tenemos fotógrafos, jefe.
– ¿Adónde han ido?
– Al Inem
– ¿Un periódico de Oriente Medio?
– No, el puto paro.
– ¿Y quién les hizo acabar ahí?
– Usted, jefe.
– ¿Por qué?
– El nuevo contrato que les ofreció era lamentable
– ¿Y eso?
– Les pagaba por palabra escrita.
– Ya entiendo… quizás me pasé con ellos…
– Me alegro de que recapacite, jefe
– Pues sí, recazapato y… en fin…. supongo que habrá que ir a buscarlos a ese extraño país. Hasta luego.
– ¿Adónde va, jefe?
– A la azotea, cogeré un helicóptero con destino a Inem.
– No tenemos helicóptero, jefe, ni siquiera azotea.
– ¿Ah no?
– No
– ¿Y ese ventanuco del último piso adónde da?
– A un tejado a dos aguas.
– Ajá… entonces usará usted esa cámara de ahí
– Es de un megapíxel, jefe.
– Seguro que nos la deja, los megapíxel, como el resto de nativos norteamericanos, son buena gente. Lo sé bien, pasé un verano viviendo con los sioux, en Ponferrada.
– ¿En Ponferrada?
– Sí, Dakota del Norte
– Ponferrada está en El Bierzo, jefe.
– No siempre, Peláez, no siempre.

 

Miércoles, 13 de junio


– ¿Qué le pasa, jefe? ¿Por qué está tan alicaído?
– Vengo de Hacienda, Peláez, de hacer la declaración.
– ¿Y qué le ha salido?
– Culpable.
– ¿Ha defraudado, jefe?
– No creo, dudo que esperaran mucho de mí.
– Quiero decir que si ha robado
– No, Peláez, no soy de esos.
– ¿Entonces?
– No sé, es todo tan impersonal… hay que enseñar el DNI, llevar mil papeles, te dan número como en la frutería… ya no hay contacto humano, Peláez.
– La burocracia lo ocupa todo, jefe.
– Odio a los burócratas.
– Y yo. Por cierto, quería pedirle un día de vacaciones para ir a llevar a mi abuela al pueblo que está en silla de ruedas y desea ver antes de irse de este mundo a ocho nietos a los que no conoce.
– Tra la ra la ra la ra la ra…
– ¿Qué hace, jefe? ¿Por qué canta tapándose las orejas?
– Porque no sé de qué me habla, Peláez, sabe de sobra que tiene que rellenar una solicitud en el programa interno de gestión, iniciar una petición por flujo interactivo al departamento de recursos humanos para que estos, mediante otro flujo interactivo me lo transmitan a mí y yo, después de imprimir a cuatro colores la petición, analizar la situación y comprobar la estadística laboral de los últimos diecisiete años y tomar la mejor decisión siempre y cuando no considere necesario traspasar su petición por flujo interactivo al "Subdirector general de cabeceras provinciales en declive" de nuestro insigne medio de comunicación.
– Grrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr
– Así me gusta, Peláez, enfádese, que en este mundo lleno de burócratas nadie parece tener sentimientos.
– Grffffsssrrrjjffffrrfjffjfjrrrruffff ufffff uffff
– Pero cierre la puerta, por favor, me molesta su farfulleo. ¡Siguiente!

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2 Comentarios
Julio Cesar Fabregat Garcia
Fecha: Domingo, 17 junio 2012 a las 13:04
No es de extrañar en los ,tiempos que corren contemplar a los trabajadores como autenticos masoquistas lo de Pélaez es una situación absolutamente real, un tipo que se siente agradecido por ser pisoteado continuamente.
Iris
Fecha: Jueves, 14 junio 2012 a las 23:40
Me encanta el señor Pelaez y su jefe,estas criticas satiricás ,me encanta leerlas; Felicidades por eyo.
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