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Lorena Padilla
Miércoles, 25 abril 2012
Reportaje

Bañadores por pañales

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El famoso cangrejo Sebastián pone la banda sonora a una clase que no es bajo el mar, pero que está íntimamente relacionada con el agua. Poco a poco van llegando los pequeños protagonistas que durante una media hora cambian los pañales por bañadores. Asistimos a una sesión de piscina para bebés.

[Img #15150]La pequeña Paula tiene nueve meses y en su lista de cosas que ya sabe hacer, no está andar. Llega a la piscina cubierta de Godella (Valencia) en brazos de su madre, Cristina, y como si intuyera que ese día estaríamos pendientes de su reacción durante el baño, saluda al personal agitando su mano abierta. Su madre, ya en el agua, la sienta en el bordillo y con delicadeza la introduce en la piscina. Ni un llanto, ni una queja. Al revés. Con los ojos muy abiertos, Paula parece encantada.

Acostumbrados a estar en el líquido amniótico en el vientre de sus madres, el agua no es un medio extraño ni desconocido para los bebés. “Los niños flotan, lo que no saben hacer es desplazarse. Conseguir esa propulsión, llega más tarde”, explica Salva Castillo, técnico de natación. Castillo asegura que estas sesiones acuáticas son muy positivas para los pequeños a partir de los seis meses. Según cuenta, ayudan a que los bebés “empiecen a tener cierta conciencia de su cuerpo, a reconocer sus manos y pies como propios”. Además, “aprenden a dominar el equilibrio y fortalecen la musculatura de la cabeza y de la espalda”, mantiene el técnico de la piscina de Godella, quien añade que los baños tempranos también contribuyen al desarrollo circulatorio y respiratorio y que son especialmente buenos para niños con problemas de psicomotricidad.

[Img #15149]Pero, más allá de los beneficios físicos, la natación infantil potencia un aspecto que es visible desde el primer momento: subraya y fortalece el vínculo afectivo con sus padres, quienes les acompañan en la aventura acuática. Ana dispone de una excedencia laboral y, según remarca, ha decidido aprovechar el máximo tiempo posible con su hija Alba, de trece meses. “Me apetecía mucho hacer alguna actividad con ella”, asegura justo antes de que madre e hija se zambullan en la piscina. “Uno, dos y... ¡tes!”, dice Alba antes de meter la cabeza.

Edu, de dos años, se acaba de sumergir completamente por primera vez y mientras realiza ejercicios con la ayuda de su madre, Elena, se parte de risa más de una vez. “Le costó tres clases adaptarse y ahora le encanta”, explica ella. En el agua también está Jero, que tiene dos años. En el baño le acompaña su padre, Nacho. “La natación me parece un deporte muy completo y es muy relajante”, considera. No irá muy desencaminado, ya que asegura que los días que Jero practica natación duerme mucho mejor.

[Img #15144]De la misma opinión es Antonio, el padre de Martina, quien comenta que su pequeña no sólo está más tranquila, las clases en el agua también le abren el apetito. La sensación de tranquilidad, no obstante, es también compartida por los padres, a quienes desde el borde de la piscina se les ve disfrutar tanto o más que a los pequeños. Y esa tranquilidad va más allá de la relajación. “Tenemos piscina en casa, así que nos parece importante que, en caso de accidente, al menos Martina sepa defenderse”, sostiene su padre.

Como pececillos, los niños se mecen en el agua con la complicidad de la ingravidez, que les hace pesar todavía menos mientras chapotean, mueven las extremidades ayudados por los adultos y se ríen cuando les salpica el agua.

[Img #15145]“Es obligado que sea una experiencia positiva y lúdica entre el niño y sus padres, dirigidos por un monitor”. Son las palabras del técnico en natación Alfredo Ballester. En su opinión, los bebés tienen que percibir el agua, que en este caso está a 31 grados de temperatura, como un mensaje positivo.  

Para que una sesión de natación infantil sea “ideal”, según especifica Salva Castillo, es necesario un ambiente relajado, al tiempo que divertido. Los renacuajos de la piscina de Godella escuchan música mientras practican ejercicio. Aprenden a socializarse y a confiar en ellos mismos sin traumas, mejoran la coordinación motora, activan el espíritu de juego y refuerzan los lazos con sus padres. Y todo ello lo llevan a cabo de una manera muy saludable y, por su puesto, en remojo.   

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