Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Laura Bellver
Miércoles, 29 febrero 2012
Análisis

El núcleo que permanece latente

Marcar como favorita

Apenas faltan días para que se cumpla el primer aniversario del accidente nuclear de Fukushima. En 360 Grados Press hemos querido aprovechar la ocasión para analizar lo acontecido y sus consecuencias en el presente. Para ello hemos contado con la colaboración de Carlos Bravo, responsable de la campaña de energía de Greenpeace España.

[Img #14751]Un trágico acontecimiento sacudió el pasado 11 de marzo de 2011 a Japón. Ese mismo día el tiempo pareció helarse durante horas en todas las partes del mundo: la humanidad estaba siendo testigo de cómo un país quedaba totalmente devastado por un terremoto de 9 grados de magnitud y su consecuente tsunami. Las informaciones se sucedían minuto a minuto. Obviamente, ninguna de ellas era buena. Finalmente, llegó la confirmación de lo más temido: la central nuclear de Fukushima había resultado seriamente dañada, tanto como para que dejara de funcionar el sistema de refrigeración de uno de sus reactores. A pesar de un cuarto de siglo de distancia, los ecos del accidente de Chernóbil siguen siendo tan intensos que nadie pudo evitar el estremecerse al escuchar “emergencia nuclear” en esta nueva ocasión.

 

Un año más tarde, la dimensión de este acontecimiento parece haber varado en el olvido. La intensidad mediática ha menguado sobremanera, pero sus consecuencias en la población nipona se estiman para décadas y más décadas vista. “Teniendo en cuenta que no se repartieron adecuadamente las pastillas de yodo, el problema en Japón va a ser exactamente igual que en Chernóbil. Por ejemplo, el cesio 137 tiene una vida media de 30 años, lo que significa que hasta que no pasen 300 años no desaparecerá por completo. Y en los primeros 100 años va a haber una contaminación radioactiva muy importante”, explica Carlos Bravo.

 

Así, la recuperación se plantea lejana, casi utópica, especialmente en la prefectura de Fukushima. Y gran parte de la responsabilidad recae sobre un Gobierno al que se le cuestionó desde un primer momento la falta de destreza en su actuación. Organizaciones como Greenpeace fueron testigos de ésta. Así lo relata el responsable de energía de su oficina en España: “Inmediatamente después del accidente mandamos a un equipo de expertos en protección radiológica. Se acercaron a poblaciones como Iitate, que está a 50 kilómetros de distancia de la central, donde no se había evacuado a la gente. Dijeron que no hacía falta. Nuestros expertos detectaron científicamente niveles cien veces superiores a la radiación permitida. Más tarde lo reconoció la Agencia Internacional de la Energía Atómica y el propio Gobierno japonés. De hecho, ahora esa zona está en una situación muy preocupante”.

 

La dimisión de Naoto Kan como Primer Ministro tras los primeros meses de gestión de la crisis y el traspaso de poder a manos de Yoshihiko Noda ha significado bien poco en este sentido: Japón sigue anteponiendo actualmente su imagen exterior a la realidad que alberga dentro de sus fronteras. Por ejemplo, hace apenas unos días se anunciaba la reducción del radio de exclusión aérea sobre la central de Fukushima de 20 a 3 kilómetros, una medida un tanto precipitada a ojos de muchos. “El Gobierno está tratando de reducir las zonas de exclusión para reducir el impacto económico del accidente. También está intentando minimizar la cantidad de radioactividad que daría lugar a que determinados alimentos no se comercializaran. De hecho, una de las cosas que más se le criticó al Gobierno japonés es que mientras el límite internacional de dosis radioactiva es de un MiliSievert al año, éste decidió elevarlo mediante un decreto a veinte. De esta forma hubo menos gente a la que evacuar y que indemnizar. Ahora está reduciendo el área contaminada artificialmente, no porque esté menos contaminada, sino porque está aplicando unos criterios más laxos para que haya menos gente que calificar como afectada. Es todo una maniobra política para indemnizar lo menos posible”, apunta Carlos Bravo.

 

Mientras, la comunidad internacional desempeña un papel meramente testimonial. “Formalmente nadie puede obligar a Japón a que haga determinadas cosas. El Organismo Internacional de Energía Atómica no puede más que hacer recomendaciones. Todo depende de lo que quiera hacer el Gobierno japonés y de lo que fuercen sus ciudadanos”, matiza el experto en energía de Greenpeace. Algunos países parecieron escarmentar de la experiencia nipona y apostaron por un cambio radical en su política energética poco después del accidente. Fue el caso de Alemania, que cerró siete de sus centrales nucleares y se comprometió al cese de las restantes antes de 2022; una postura que también comparten Suiza o Bélgica. Sin embargo, otros casos siguen optando por la invariabilidad: “En EEUU van a abrir dos nuevas centrales nucleares y Obama ha concedido 8.000 millones de dólares de subvención directa para ello”, afirma.

 

Lo que no cabe duda es que este episodio guarda una lección que, a pesar de las experiencias pasadas, no se termina de aprender. Siguiendo con las palabras de Carlos Bravo: “Fukushima ha supuesto un antes y un después a nivel internacional en muchos aspectos, porque ha demostrado que la industria nuclear occidental es peligrosa. Es decir, no hay ningún estándar de seguridad que diferencie la energía nuclear de diseño occidental con respecto de la de diseño soviético. En Chernóbil la industria nuclear occidental dijo que esto ocurrió en el mundo soviético por ser otro tipo de tecnología. Pero esto ya no se puede decir a partir de Fukushima, pues en otros países, como España o Estados Unidos, hay centrales del mismo estilo”.

 

Por desgracia, las advertencias de este tipo tienen un coste inconmensurable: más allá de las víctimas mortales por el desastre natural, miles de personas viven ahora refugiadas y expuestas a altos niveles de radiación. “Dicen que las centrales de Fukushima están estabilizadas y que han llevado a los reactores a lo que se llama parada fría. Esto es falso porque la parada fría es cuando logras que pare la acción nuclear. Pero ese hecho no se puede dar en los reactores de Fukushima porque el combustible se ha escapado de la vasija del reactor. De ahí sigue saliendo radioactividad”, concluye Carlos Bravo.

 

¿Puede retomarse la normalidad por el mero hecho de obviar el problema? La sociedad nipona está siendo obligada a lograr un imposible. Entretanto, el peligro subsiste encubierto.

Acceda para dejar un comentario como usuario registrado Acceda para dejar un comentario como usuario registrado
¡Deje su comentario!
Normas para comentarios
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
360 Grados Press • Términos de uso y aviso legalPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress