Las roderas geométricas de carretillas y transpaletizadoras recorren en múltiples direcciones el suelo gris oscuro de ARCO, tambíén salpicado de flechas, números, letras líneas y símbolos de distintos colores, así como restos de goma de las suelas de los visitantes que llenan los pasillos. Así es el piso de la exposición, una suerte de lengua de alquitrán que se extiende también a las paredes de muchas galerías participantes.
![[Img #14705]](upload/img/periodico/img_14705.jpg)
La carretera como símbolo de nuestro época, elemento vertebrador de la realidad y parte esencial de un paisaje y un mundo inabarcable, ha sido elemento nuclear de muchas de las creaciones presentadas en la última edición de la feria de arte contemporáneo madrileña.
El ser humano trata de domeñar el entorno, de cerrarlo con estas cremalleras grises que le permiten alcanzar lugares remotos y viajar hacia esos horizontes difusos que parecen siempre alejarse, horizontes, por definición, inalcanzables, como se observa en la fotografía híbrida Spaceport de Michael Najjar o en el lienzo Sin título de Alain Urrutia en el que una veladura onírica invade al espectador envolviéndolo en una bruma de velocidad.
Las
carreteras son creaciones humanas para una dimensión no humana que tan solo
pueden recorrerse con ayuda de una tecnología que, en cierta medida,
deshumaniza la realidad, que se vuelve metálica y mecánica. No hay piel ni
mirada ni color en este espacio, tan solo la grisura y transparencia del acero
y el cristal de unos vehículos que son captados a su paso por un paisaje en el
que la presencia humana es tan solo intuida, como sucede en la pintura Northern Ireland (according to Travis) de
Miguel Aguirre, en la que los
colores fríos transmiten una inquietante sensación de desasosiego y fragilidad.
También es indirecta la huella humana en la fotografía Inercia 1 de Carlos Irijalba. En ella, la luz acota el trayecto recorrido y altera un entorno natural en el que las ramas de los árboles parecen querer cerrarse por encima del asfalto buscando devolver el aspecto previo a la intervención del hombre en el paisaje. Del mismo modo, el espacio de oscuridad denota una ausencia, un lugar que ya pertenece al territorio del olvido. Este elemento –la luz artificial que ilumina un tramo de asfalto y la oscuridad del entorno– es también utilizado por Gabriel Acevedo Velarde en la fotografía de su interesantísimo proyecto Pensando en la muerte de Pilar Valadie.
La citada tensión
dimensional entre el ser humano y su creación se observa también en la
escultura La dimensión del gesto, de Alexandre Arrechea, en la que dos
enormes manos sujetan un puente colgante que denota la estabilidad de lo creado
por la firmeza del poder creador.
Otro elemento clave en muchas de estas obras es la idea de soledad del viajero, como por ejemplo en una de las obras de la galería berlinesa Michael Schultz centrada en una gasolinera, ese no lugar en el que no hay más que identidades fugaces y pasajeras, un espacio de anonimato alejado del núcleo de roles sociales, de la red de relaciones que se tejen en la ciudad difuminada del fondo de la obra.
Por último, la carretera es también espejo de un cielo plomizo que sugiere la llegada de una tormenta que no alcanzará al ser humano porque ya no está en ese lugar o, si está, se encuentra perdido, como señala el título del inquietante cuadro I do not know where I am de la artista portuguesa Maríaa José Cavaco.
Como ya sucede en literatura –La carretera de Cormac McCarthy es una de las obras cumbres en la narrativa de la primera década del siglo XXI– o en el cine –las road movies recogen la tradición homérica del viaje hacia el conocimiento de uno mismo– desde el punto de vista simbólico, las carreteras reflejan cambio, búsqueda, itinerancia y parece evidente que estos artistas han sabido captar con indudable acierto en estas obras la realidad líquida e inestable, como alquitrán recién colocado, de nuestra sociedad.