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Laura Bellver
Miércoles, 21 diciembre 2011
Exposición

Cual Marco Polo en pleno siglo XXI

Retroceder en el tiempo y recorrer parte de la conocida como ‘Ruta de la seda’ es posible gracias a una de las iniciativas inscritas en el año dual 2011 declarado entre España y Rusia. Así, el intercambio cultural que se inició siglos atrás vuelve a renacer en plena era de la globalización con este histórico camino de comerciantes como bandera. Sentirse cual Marco Polo pasa a ser factible en pleno siglo XXI.

[Img #14329]Después se llega al mar Océano, en cuyo litoral está la ciudad de Carmosa, a cuyo puerto acuden los comerciantes de la India portadores de especias, perlas, piedras preciosas y paños de oro y seda, colmillos de elefante y otros tesoros. Esta ciudad es sede regia y tiene bajo su jurisdicción otras ciudades y aldeas. La región es caliente y malsana. Si muere en ella algún mercader extranjero, el rey de la tierra se incauta de todos sus bienes”.


Quizá muchos lo reconozcan, pues este pasaje pertenece al conocido como Libro de las maravillas escrito por Marco Polo, un comerciante veneciano que, más que por sus negocios, se hizo famoso por sus escritos. La Ruta de la Seda fue su fuente de inspiración, porque no solo se trató de un mero camino de trasiego comercial entre Europa y Asia, sino que ésta representó una apertura al intercambio, en su sentido más amplio, entre los diferentes pueblos de su itinerario.

 

Actualmente, la creciente comunicación e interdependencia entre países ha permitido que las sociedades tengan una perspectiva más global. Como consecuencia, Oriente y Occidente parecen estar más cerca en el presente. Sin embargo, ambos ‘mundos’ han estado estrechamente relacionados desde tiempos inmemoriales. El relato de Marco Polo es la mejor prueba de ello: los chinos desde el este, los budistas en la cuenca del Ganges, los cristianos huidos de Bizancio, el imperio musulmán surgido en Arabia o los diversos pueblos nómadas o sedentarios del Asia Central han compartido un mismo espacio durante siglos. La seda fue la excusa, pero las caravanas que salvaban las distancias pasando por cordilleras y desiertos transportaban algo más que este textil, algo que no era tangible: cultura.

 

Así, leer el Libro de las maravillas demuestra que esta ruta comercial fue una suerte de primer estadio de la globalización y su correspondiente interconexión. Cada una de sus páginas alimenta la curiosidad. “¿Cómo sería viajar en ese otro tiempo de este a oeste?”, se preguntaran muchos al acabar la lectura. Con el propósito de dar respuesta a ello nace ‘La Gran Ruta de la Seda. Cáucaso y Asia Central’, una exposición que comprende telares, tejidos, indumentarias y ornamentos procedentes del Museo Ruso de Etnografía de San Petersburgo. Todos ellos permiten realizar una particular travesía por este histórico camino. Así, conocer de primera mano la vida de los nómadas en las yurtas (sus viviendas típicas), la ritualidad de los derviches de Kalandar, las bodas de los kubachi o la apariencia de georgianos, uzbecos, chechenos o turcomanos pasa a ser posible.

 

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