Fue un artista completo, sentido con el capote, animoso y arrebatador con la muleta, y puro en su manera de entrar a matar, jugándosela sin engañar a nadie.
La semana pasada falleció el
diestro sevillano Diego Puerta, conocido en todo el orbe taurino como Diego
Valor en referencia a un héroe de tebeo, un apodo ganado a sangre y fuego por
un torerazo que consiguió cortar dos rabos en la Maestranza de Sevilla y que
abrió la puerta grande Las Ventas ocho veces. Pero también vivió de lleno la
peor cara de la Fiesta, pues los pitones de los toros le traspasaron el terno
en muchas ocasiones, treinta de ellas graves. Y como nota curiosa, en varios de
sus múltiples percances se vio obligado a torear con pantalones de monosabio,
muy grave tenía que ser para que Diego ‘Valor’ se fuera a la enfermería.
Fue Puerta un torero fiel a un
estilo, con un valor natural, una técnica muy depurada y con una torería
intrínseca que bien le hubiera valido la Medalla de Oro al mérito de las Bellas
Artes. Fue un artista completo, sentido con el capote, animoso y arrebatador
con la muleta, y puro en su manera de entrar a matar, jugándosela sin engañar a
nadie.
Tomó la alternativa en el año
1958 en su Sevilla natal y allí mismo, en la plaza de toros, la afición le dio
su último adiós, fue su última vuelta al ruedo en su ciudad, en su plaza, en su
casa. Una despedida acorde a su genialidad y merecida para un torero que siempre
puso casta en cada una de sus actuaciones, no es de extrañar pues que a todos
los aficionados –no sólo a los sevillanos- les haya caído un jarro de agua fría
con la muerte de Diego Puerta.
Con Diego ‘Valor’ se va un maestro en esto de la tauromaquia, un espada con el que el público disfrutaba a raudales, pero con el que también padecía con sus naturales arrimones que tenían en un ¡Ay! a los asistentes. Se va el maestro del ‘Ay’, pero también el del ¡Olé!, el maestro al que no se le fue el valor por las cornadas, como se suele decir.
Descanse en paz.