Accedemos de la mano de David Barreiro al Festival Eñe que, con un formato similar al de los certamenes musicales, celebró en Madrid su tercera edición reuniendo a editores, críticos, escritores y lectores en torno a la letra "más amada".
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Desde el ventanal de la cafetería del Círculo de Bellas Artes, escritores, guionistas, músicos y el resto del mundillo cultural de Madrid observan el caer de la tarde otoñal sobre la uve que une Alcalá con Gran Vía, la esquina que Antonio López comenzó a pintar en las postrimerías de la dictadura y terminó siete años después, ya en democracia. Vistos desde afuera, son como nemos naranjas que abren la boca sin cesar, quizás contándose sus penas, quizás tratando de respirar. Por esa razón, suponemos, es conocida desde hace años como la pecera y en verano han de colocar en su terraza molinos de agua para que los clientes nunca lleguen a secarse.
En ese mar, bajo
la figura de la diosa Minerva, nació en noviembre de 2009 el Festival Eñe, organizado
por el Círculo y La Fábrica, con el objetivo de convertirse en referente de las
letras hispanoamericanas. Con un formato similar al de los festivales de
música, Eñe celebró el pasado fin de semana su tercera edición, en la que
reunió a editores, escritores, críticos y lectores en torno a esa letra que nos
define –“la más amada” diría Juana
Salabert durante el festival– de un modo ágil y atractivo, compaginando
distintas actividades de manera simultánea: conferencias de treinta minutos,
lecturas de poesía, conciertos, talleres, mesas redondas e incluso, como
novedad de este año, editores que se entrevistan con algunos autores que
aspirar a formar parte de su catálogo.
En total, subieron y bajaron las escaleras del Círculo 8.500 visitantes, según la organización. Por su propio formato, Eñe no aspira a ser un festival que arroje luz sobre el futuro, que permita un estudio en profundidad de la actualidad de las letras hispánicas, sino que es un ligero debate de estado de la cuestión, como si se desplegara un mapa en los salones del CBA para mostrar algunos de los pueblos que forman parte del territorio de la literatura para quien desee detenerse a echar un vistazo en alguno de ellos.
Eñe es, pues, una suerte de interraíl en el que el viajero puede trasladarse con el periódico rosa que contiene el programa desde una conferencia de Andrés Trapiello hasta una mesa redonda sobre internet –casi nada– ofrecida por Alberto Olmos, Luna Miguel y Germán Sierra, pasando por una animada conversación entre David Trueba y Manuel Vicent –en el que citan a Messi, Azcona, Lorca o Beyoncé– o un cara a cara entre Blanca Berasategui y un incontenible –para bien y para mal– Álvaro Pombo.
Eñe es heterogéneo y fugaz, una carrera de relevos, una pandilla de neutrinos, un lugar en el que la intensidad de Jorge Volpi se mezcla con la clarividencia de Félix de Azua o la siempre agradable y sabia palabra de Ana María Matute, la escritora que congregó a más gente en su charla.
En definitiva, Eñe es un tiburón que surca la superficie del océano sin adentrarse en las profundidades abisales, consciente de que ese no es su mundo.