Miércoles, 26 octubre 2011
NATURALEZA

Misterio y naturaleza en tierra de agotes

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Óscar Bornay, Fago

La agreste frontera pirenaica entre Navarra y Aragón está moldeada por la fuerza del hielo y la erosión. Los valles de Ansó y Hecho forman el corazón del Parque Natural de los Valles Occidentales, uno de los escasos rincones en el que aún viven los últimos osos pirenaicos. Un territorio de profundas raíces históricas que conserva el misterio de los agotes, la “raza maldita” del Pirineo.

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Los agotes son un rastro casi perdido en la larga historia de los valles de Ansó, Hecho, Barètous y Erronkaribar (Roncal). La presencia humana en estos lares es un hecho desde hace milenios, buena prueba de ello son los conjuntos megalíticos del valle de Hecho, o la calzada romana que unía Zaragoza (Caesaragusuta), con Béarn (Beharnium). Sin embargo, la huella de esta comunidad de signo infausto es la que impregna este territorio de belleza avasalladora con una visión distinta.

 

Su origen se pierde en la porosa frontera entre la historia y el mito. Algunos estudiosos afirman que eran –por sus rasgos-, descendientes de los godos que, atrapados por la invasión árabe de la península Ibérica y la entrada de los francos en Francia, se aislaron en los valles occidentales del Pirineo. El término bearnés “cas-gots” –“perros godos”-, acabaría derivando en “cagots”, otro de los términos por los que eran conocidos.

 

[Img #13972]Otros investigadores insinúan que eran descendientes de los cátaros que huyeron de la implacable represión a la que fueron sometidos en el S.XII en la Cruzada Albigense. Esta teoría se apoya en que el nombre “cagot” aparece por primera vez en el Libro de Oro de la catedral de Bayona en 1260, pocos años después de la matanza de cátaros en su última fortaleza de Montségur en 1244. Esta diferencia religiosa explicaría el odio y el maltrato social que recibieron durante 800 años, hasta prácticamente el S.XX.

 

Su sino fue ciertamente adverso, ya que durante siglos se les consideró un “pueblo maldito”. Fueron discriminados salvajemente y tomados por leprosos, brujos, portadores de enfermedades…etc. Buena prueba de ello es un documento de 1597 que dice: “Cállate agote! Tu opinión cuenta menos que la de un perro”.

 

[Img #13971]No quedan muchos rastros visibles de aquella discriminación. En algunos pueblos navarros aún hay calles que retrotraen a los tiempos en que los agotes solo podían vivir en sus “barrios”, separados del resto de los vecinos por un muro invisible pero muy real de puro rechazo. En el valle aragonés de Ansó, en la villa de Fago se encuentra uno de los mejores ejemplos del trato desigual que recibían.

 

Un primer vistazo a la iglesia del s.XVI de este bello y aislado pueblo revela un aspecto cuanto menos curioso: a unos metros de la puerta principal hay otra entrada, mucho más sencilla, sin ornamento alguno. Ahora está tapiada, pero durante siglos fue el acceso de los agotes. Ni siquiera tenían permitido entrar a la iglesia por el mismo lugar que los vecinos. Incluso tenían su propia pila de agua bendita.

 

[Img #13976]No es un caso único, en otros pueblos pirenaicos de ambos lados de la frontera la historia era la misma. Con el devenir de los siglos el imaginario popular inventó una justificación más amable para esas puertas. Las llamaron “de los vergonzosos”, la de aquellos que llegaban tarde a los oficios y para no molestar al resto de los feligreses se situaban al fondo de la iglesia.

 

Como un aviso de la historia que fue olvidado, la persecución social a la que fueron sometidos recuerda otros sucesos más recientes en el tiempo. Como muestra un botón: a los agotes se les obligó a llevar una marca en la ropa. Se trataba de un pie de gato de color rojo o una pata de oca, y debían avisar de su presencia al resto de la comunidad con una campanilla.

 

Monumento natural

Este “país” de los agotes guarda un verdadero tesoro. Se trata del Parque Natural de los Valles Occidentales, un espacio protegido de 27.072 hectáreas en el que se pueden encontrar algunos de los parajes mejor conservados de toda la cordillera pirenaica, ya que su proverbial aislamiento ha resistido mucho mejor el desarrollo urbanístico que se ha dado en otras zonas al calor de la explotación del esquí. Por estos frondosos bosques aún transitan los últimos osos del Pirineo, y en el cielo es fácil ver buitres, águilas y el siempre elegante quebrantahuesos.

 

[Img #13977]Encerrado en las sierras interiores del Pirineo, las referencias montañosas de este espacio las marca el gigante Bisaurín (2.670 m.), la sierra de los Alanos y en la frontera con Francia el impresionante cordal que desde el macizo de Larra enlaza con la cima del Hiru Erregeen Mahaia (la Mesa de los Tres Reyes), el Petrachema, el Mallo d’Acherito y las agujas del valle D’Ansabére, todo un desafío vertical para los montañeros más experimentados cuya visión desde su vertiente francesa quita, literalmente, el aliento.

 

A diferencia de otros lugares, como el Parque Nacional de Ordesa, estos valles –que reciben unas 150.000 visitas al año-, aún conservan su esencia rural y sosegada, visible en las propias villas de Hecho y Ansó, que con sus calles empedradas y sus casas de gruesas paredes constituyen dos de los cascos urbanos mejor conservados del Pirineo.

 

El otoño se revela como una época llena de color. La Selva de Oza y el bosque del Barranco de Gamueta estallan en una sinfonía de ocres, verdes y rojos. Estos valles, con un desnivel que va desde los 800 metros hasta los casi 2.700 del Bisaurín ofrecen un amplio abanico de posibilidades para los amantes de la naturaleza de cualquier nivel.

 

Una ruta familiar es la que discurre, por ejemplo, por la garganta de la Boca del Infierno hasta la Selva de Oza. Siguiendo la pista forestal tras pasar el camping de Ramiro el Monje se puede seguir hasta el valle de origen glaciar de Aguas Tuertas, cuya entrada guarda uno de los dólmenes prehistóricos más importantes de Aragón. Para los más osados esta larga ruta puede terminar en el Ibón de Estanés (1.770 .m).

 

[Img #13973]Una excursión imprescindible por sus vistas conduce desde la Selva de Oza al último lago “salvaje” del Pirineo, y también el más occidental en la vertiende española. Es el Ibón d’Acherito (1.870 m.), al que se accede tras subir más de 600 metros. Encerrado en un circo glaciar, este profundo lago es un recuerdo de los hielos que moldearon estos parajes. Desde esta atalaya privilegiada se contempla uno de los fenómenos geológicos más curiosos de esta zona del Pirineo. Es el Castillo d’Acher. Un coloso de más de 2.300 metros que forma en su cima un “valle” colgado sobre la Selva de Oza. Su ascensión es, también, un reto cuyo premio es llegar a un lugar único y extraño.


Hace ya mucho que el eco de la presencia de los agotes en estas tierras se apagó, desvanecida por el paso inevitable del tiempo. Pero algo permanece en el imaginario popular, en los nombres de algunas calles y en esas peculiares puertas tapiadas en las paredes de las iglesias. Mudos testigos de las desventuras de esta “raza maldita” por el odio a lo diferente.

 

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