Nos acercamos a la vida huertana en tiempos de asueto, de estío, calor, playa y cremas solares para conocer qué hacen en esta época del año los agricultores de pequeñas explotaciones agrícolas como las de la zona metropolitana de Valencia. Encontramos anécdotas suficientes como para reflexionar sobre el destino de nuestras tradiciones.
![[Img #13611]](upload/img/periodico/img_13611.jpg)
“El pelo de la chufa tiene forma de brisa”, la del mar Mediterráneo, que se ubica a unos 500 metros del terreno donde Vicente Rodrigo se afana en quemar rastrojo de alcachofa. Él es uno de los protagonistas del contacto que 360gradospress ha mantenido esta semana con la huerta. El objetivo, conocer cómo es la vida de los que pasan sus vacaciones, las cotidianas, en el campo mientras la mayoría de la gente sofoca el calor del verano en la piscina, en la playa, planifica unas vacaciones o apura sus últimos días de descanso.
Vicente tiene 66 años y está jubilado pero ha dedicado toda su vida a la agricultura de pequeña escala. Ahora, entre refrán y refrán, disfruta de lo que ha hecho siempre sin más ánimo que el de mantener el contacto con la tierra, su jornal de satisfacción cotidiano. Muestra orgulloso ‘heridas de guerra’, como la que tiene en su rodilla derecha, consecuencia de que hace unos años se rompió la rótula un día de agosto mientras regaba chufas. Él, como los amigos que trabajan en la huerta de Alboraya o Meliana, la zona escogida por 360gradospress para conseguir el objetivo de acercarse al campo en verano, saben que lo de la agricultura hoy en día no da para mantener a una familia. “Coger naranjas antes era un chollo, pero ahora tampoco; recuerdo que recibía un jornal de cinco pesetas a la semana”, recuerda Vicente.
Hace tiempo que los veranos en la huerta de esta zona
metropolitana de Valencia dejaron de ser vistosos. “La verdura se plantaba
mucho, pero los grandes se lo comen todo”, explica Pedro, vecino de parcela de
Vicente, y uno de los pocos que aún tiene plantaciones de tomates, sandías y
melones, “lo más característico de este tiempo”. Con todo, recuerda hace unos
años “venías aquí y había muchas más verduras y alubias en barracas, como los
tomates pero ya no se puede porque los jornales se lo comen todo…”. No les sale
rentable, ni en verano, ni en otra época del año apostar por una producción que
van a vender por debajo del precio que les supondría obtener un beneficio.
“Para que las alubias fueran rentables tendrían que pagarse a 4 ó 5 euros el
kilo”. Algo que no ocurre y lo que ha propiciado que muchos dejen sus hanegadas
de terreno vacías, sin sembrar, en tierra limpia. “El verano en la huerta ya no
es como antes”, asegura Pedro.
Le preguntamos por los precios que le pagan por un kilo de tomates o por una sandía: “El tomate se está pagando a 30 ó 40 céntimos de euro el kilo y la sandía… ¡a 3 ó 5 céntimos de euro!”. Pero nos extraña que la gente no venga a comprarles a ellos directamente para evitar el intermediador que provoca el aumento desmedido del precio final que le llega al consumidor en las tiendas. Pedro explica que las costumbres han cambiado, “el personal es cómodo porque va a las tiendas y a los supermercados que tienen cerca y es donde les dan la caña”. En este sentido, recomienda emplazamientos como mercados donde los agricultores venden directamente todo lo que produce su huerta, como el de El Puig (Valencia).
“Toda la vida ha sido así”
Pero parece que la tendencia no es provocada por esta época
del año ni por los intermediarios actuales, ni siquiera por esos supermercados
a los que se refiere Pedro. “Toda la vida ha sido por el estilo. Si tengo 70
años siempre he visto que se ha funcionado así: el que más expone es el que
menos recoge. Lo plantamos, lo criamos y a la hora de venderlo nos dan la
caña”. Sin embargo, es la vida de Pedro, es donde se siente bien y ni siquiera
en verano va a la playa: “No me gusta, me quedo con la brisa de la playa que
llega a la huerta, con mi casa huertana de toda la vida…”.
Sin embargo, lo que más aprecia Pedro que ha cambiado ha
sido el tiempo. “Antes hacía más calor en verano y más frío en invierno; el
personal dice que no pero yo digo que sí. Recuerdo pasar mucho calor en la
huerta en verano, hace como 25 ó 30 años, aunque también es cierto que antes el
trabajo era más duro porque había menos maquinaria. Pero es mejor para el campo
y para las personas que haga calor cuando toca y que haga frío en invierno”.
Mientras nuestro protagonista reflexiona sobre la evolución de la huerta en
relación a la meteorología, divisamos a lo lejos, dos parcelas más para allá de
la de Pedro, a un persona con aperos de labranza tradicionales unida a un
caballo… en pleno siglo XXI.
Tardes de verano. Paco y su caballo alazán careto
Entre tierra sembrada y acequias accedemos hasta la hanegada
de terreno donde Paco, de 55 años, trabaja con su caballo alazán careto. Es el
nombre técnico de esta raza, aunque Paco le llama ‘careto’, a secas. Con él
pasa gran parte del tiempo de las tardes de verano. Lo tiene desde hace un año
y medio, tiempo que ha empleado para domesticar al equino con el objetivo de
que pueda desempeñar las labores en el campo sin estropear ni pisar plantas
sembradas, por ejemplo. “Ahora es más un capricho o una afición porque con la
maquinaria te cunde el doble, lo de labrar ha pasado a la historia...”, lamenta
este agricultor que mamó de su padre las lides agrícolas tradicionales. Aún
así, reconoce que nunca llegará “a hacer lo que él era capaz de hacer en el
campo con el caballo, hasta abría surcos, y eso es muy complicado, tienes que
tener mucha práctica y eso se ha perdido”.
Paco coincide con Pedro en el hecho de que “antes se
plantaban en verano muchas verduras; ahora ha cambiado el sistema: si
inviertes, pierdes”. De ahí que asegure que si tuviera familia no se dedicaría
al campo, “yo solo con un paquete de pipas me apaño, pero para sobrevivir hoy
una familia no llega”.
Nos vamos con la sensación de querer hacer algo por ellos, de decir a gritos que conservemos las tradiciones y el apego por el campo. Pero nos metemos en el coche para coger una autopista cercana que nos devuelve a la monotonía del verano: atascos, canícula, playas saturadas y prisas por llegar donde el individualismo hace mercado. De fondo, este reportaje.