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Miércoles, 3 noviembre 2010

El espejo del tiempo

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Por David Barreiro, escritor y periodista

[Img #11978]No sé si a ustedes, queridos lectores, les pasa algo parecido. El caso es que yo, ante un estímulo determinado respondo siempre de la misma manera. Quizás es debido a que soy vulgar y previsible o, simplemente, porque hay acontecimientos en la vida que que nos marcan para siempre.


 El sábado pasado, por razones que no vienen al caso, me miré en el reflejo convexo de un timbre, mi rostro deformado por esa curva que trastoca la realidad conocida, y de inmediato recordé Rayuela y el día que la descubrí, hace quince años, noviembre quizás.


 Porque cada vez que busco mi cara en el fondo de una cuchara, en un espejo cóncavo, en tus ojos de miel, me viene a la memoria aquella tarde, noviembre quizás, que tropecé con Rayuela, con Cortázar, con ese capítulo 32, la inolvidable carta que la Maga le escribe a Rocamadur.


 Ha pasado el tiempo, han llegado muchos libros, se han ido muchos amigos, la luz se ha apagado tantas veces. Sé que Rayuela es una novela imperfecta, puede que sobrevalorada, a lo mejor excesiva. Sin embargo, es un libro que nunca olvidaré porque un pedazo de mi vida quedó atrapada en sus páginas y solo regresa cada cierto tiempo, como un ave migratoria, como un constipado, como un primo lejano, cuando me veo reflejado en un timbre, en el fondo de una cuchara, en tus ojos de miel.


 Cuánto me gustaría ser capaz de escribir algún día algo tan excesivo, imperfecto y sobrevalorado como Rayuela, algo que condensara la belleza trágica de este mundo, algo así:


 “Es así, Rocamadur. En París somos como hongos, crecemos en los pasamanos de las escaleras, en piezas oscuras donde huele a sebo, donde la gente hace todo el tiempo el amor y después fríe huevos y pone discos de Vivaldi, enciende los cigarrillos y habla como Horacio y Gregorovius y Wong y yo, Rocamadur, y como Perico y Ronald y Babs, todos hacemos el amor y freímos huevos y fumamos, ah, no puedes saber todo lo que fumamos, todo lo que hacemos el amor, parados, acostados, de rodillas, con las manos, con las bocas, llorando o cantando, y afuera hay de todo, las ventanas dan al aire y eso empieza con un gorrión o una gotera, llueve muchísimo aquí, Rocamadur, mucho más que en el campo, y las cosas se herrumbran, las canaletas, las patas de las palomas, los alambres con que Horacio fabrica esculturas. Casi no tenemos ropa, nos arreglamos con tan poco, un buen abrigo, unos zapatos en los que no entre el agua, somos muy sucios, todo el mundo es muy sucio y hermoso en París, Rocamadur, las camas huelen a noche y a sueño pesado, debajo hay pelusas y libros, Horacio se duerme y el libro va a parar debajo de la cama, hay peleas terribles…”


Porque pasa el tiempo y me miro en el espejo y no adivino en él más que la postilla que el pasado ha dejado en mí, una costra de sangre y palabras secas que ya no volverán, como ese tarde de hace quince años, noviembre quizás, que descubrí Rayuela.

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