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Oscar Bornay
Miércoles, 22 septiembre 2010

El lento resurgir del oso pardo

360gradospress continúa la serie de reportajes sobre especies ibéricas amenazadas. Temido y cazado en el pasado, el oso pardo recupera el terreno perdido en la cornisa cantábrica

ÓSCAR BORNAY. Lejos quedan ya los negros años 90, cuando el alarmante retroceso de la pequeña población de osos pardos en la cordillera cantábrica hizo temer su pronta desaparición. Casi 20 años después de que se pusiera en marcha un ambicioso plan de protección y conservación, el número de hembras con crías –verdadero indicador del estado de la especie-, se ha duplicado en los últimos años. Y aunque sigue estando en peligro, los responsables del programa se muestran satisfechos con el camino recorrido. Muy diferente es la situación en los Pirineos, donde apenas queda una veintena de ejemplares, que se enfrentan a un ambiente social más enrarecido.

El presidente de la Fundación Oso Pardo (FOP), Guillermo Palomero, asegura que “cuando empezó el programa, allá por 1992, nos encontrábamos en los peores años”. El oso pardo era una especie protegida desde 1973, pero en la cordillera cantábrica era, sencillamente, el enemigo a batir. Un problema que mataba cabezas de ganado, un peligro para las gentes. “En los primeros años, la figura del cazador furtivo no era rechazada”, señala Palomero. Por eso, uno de los pilares del programa de conservación incidió desde el principio en la educación ambiental –en escuelas, charlas, medios de comunicación-, en definitiva, involucrar a las comunidades locales en la gestión de la especie.

‘Patrullas Oso’
De hecho, la FOP tiene entre sus proyectos las “Patrullas Oso”, formadas casi en su totalidad por personal de las comarcas oseras. “Este programa no es sólo naturaleza. También es trabajo y desarrollo económico en zonas históricamente abandonadas” afirma Palomero. Ahora, tras casi dos décadas de trabajo, la valoración del portavoz de la FOP es que “la batalla de la opinión pública la hemos ganado, al menos en la cornisa cantábrica”.

Benjamín Rodríguez, presidente de la asturiana Asociación de Cazadores El Rebeco de Aller, ejemplifica este cambio de actitud. Esta agrupación reúne a 510 cazadores y colabora con la FOP desde hace 10 años. “El oso es un animal importante que debemos mantener”, afirma. “Me gustaría que siguiese existiendo en estos montes, donde ha estado siempre, y que mis hijos puedan verlo”, agrega.

Trampas venenosas
Y aún más, esta asociación, como muchas otras, no sólo informa de los movimientos y avistamientos de osos, sino que también vigila que no haya trampas venenosas –responsables de la muerte de 6 osos en la última década- o los temibles lazos, una de las mayores amenazas a las que se enfrentan estos animales. Y aún más, están alerta sobre la presencia de cazadores furtivos en los montes.

Otra buena prueba del cambio de mentalidad experimentado con respecto al oso es el gran interés que despierta en los medios de comunicación todo lo referido a este plantígrado. En los últimos meses, varios periódicos se han hecho eco de la aparición del primer ejemplar en el norte de Burgos por primera vez en un siglo, o del notable aumento de nuevas crías localizadas en Asturias, o incluso del par de oseznos avistados en el Pirineo, en el Val d’Aran, a pocos metros de un grupo de turistas, el pasado verano.

Lenta recuperación
No en vano, sólo este año se han contabilizado en Asturias unos 43 oseznos de 21 hembras, 12 más que en 2009. Un nuevo récord que ayuda a mantener la esperanza de la repoblación. En conjunto, el territorio por el que habitualmente se mueven los osos cantábricos ocupa unos 4.900 km2. La población se separa en dos grupos, aislados durante décadas. “En los últimos años hemos detectado un incipiente contacto entre ambas poblaciones”, asegura Palomero. Prueba de ello es el descubrimiento en el verano de 2009 del primer cruce efectivo entre osos occidentales y orientales. Para el director del departamento de Biodiversidad y Paisaje del Gobierno de Asturias, José Félix García Gaona, este descubrimiento “empieza a alejar el problema que plantea el aislamiento entre los dos grupos”.

La subpoblación occidental se extiende por unos 2.800 km2, desde los Ancares lucenses y leoneses y el Alto Sil hasta los valles de Babia y Omaña en León y las cabeceras del concejo de Lena en Asturias. En este vasto territorio se estima que habitan unos 140 ejemplares. Por su parte, la subpoblación oriental ocupa unos 2.100 km2 por la montaña palentina y la montaña oriental leonesa, con incursiones en el oriente de Asturias y en la frontera con Cantabria. Se estima que habitan en esta zona unos 30 osos. Sin duda, es el núcleo oriental el más amenazado no sólo por su escaso número, sino por el riesgo de consanguinidad, lo que los hace más vulnerables a cualquier imprevisto.

Compás de espera en los Pirineos
Si en la cornisa cantábrica se han conseguido éxitos notables, el declive del oso pardo en los Pirineos ha sido inexorable. Con la muerte en noviembre de 2004 de Cannelle en Francia, la última osa autóctona de los Pirineos, la población osera original, que contaba con 200 osos a comienzos del siglo XX, se dio virtualmente por extinta, dado que el resto de los contados ejemplares supervivientes eran todos machos.

Ante esta situación, en 1996 y en 2006 se soltaron varios ejemplares de osos eslovenos. Pero, como admite Palomero, “estas acciones no fueron bien acogidas por las comunidades locales, tanto francesas como españolas”. No es un secreto que aquellos osos, que fueron reimplantados para evitar la extinción de esta especie en la cordillera, no contaron con el beneplácito de la sociedad. En esta ocasión, pues, falló el engranaje básico: la colaboración social. “Las comunidades locales sintieron que sus temores e intereses no fueron escuchados, que la reintroducción se hizo a sus espaldas, y se politizó el debate”, sostiene el presidente de la FOP. Ahora, el esfuerzo se centra en reconstruir los lazos rotos con la población, un proceso que aún durará años.
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