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Óscar García Bornay
Sábado, 26 junio 2010

"El genocidio en Guatemala dio a las multinacionales los territorios indígenas"

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Entrevistamos a Iñaki Carro, autor de “Del cielo a la montaña”, una revisión profunda del sufrimiento del pueblo Ixil

ÓSCAR GARCÍA BORNAY, Valencia. Guatemala vio la luz al final del túnel de terror en 1996, tras la firma de los acuerdos que pusieron fin a una larga guerra civil de 36 años. Más de 13 años después, el abogado vasco Iñaki Carro se adentra en el alma y el sufrimiento padecido por el pueblo Ixil durante los años de plomo del genocidio maya en este país centroamericano en su nueva novela, “Del cielo a la montaña”. Una realidad que conoció de primera mano durante su estancia en Guatemala entre 1996 y 1997 como acompañante internacional de las comunidades indígenas y que compartió el pasado miércoles durante la presentación de su libro en la librería Sahiri de Valencia.

Una obra que ha tenido ocupado a su autor durante más de una década y que ha supuesto una ingente labor de documentación histórica, sociológica e incluso antropológica, plasmada, no casualmente, en forma de novela. “No se trata de un relato pormenorizado de lo que sucedió. Los personajes y los hechos, aunque ficticios, están basados en acontecimientos y personas reales”. “Es una forma más fácil de llegar al lector que con un ensayo histórico”, añade. Buena muestra de ello es que el lector encontrará una detallada cronología histórica de las décadas en las que se centra la obra en sus páginas finales.

Guatemala ya no ocupa las portadas de los diarios, pero hubo un tiempo en que sí lo hizo. Al igual que gran parte de Centroamérica y Suramérica, el país era, en los años 70 y 80, un régimen tutelado – y en ocasiones directamente dirigido-, por militares con inquietantes derivas filofascistas. Se unía, de hecho, a una larga lista que comprendía El Salvador, Chile, Argentina, Uruguay, Brasil y Bolivia, entre otros. Enlazaba también con la dinámica de un continente con trágicas desigualdades sociales en plena ebullición, con una gran profusión de movimientos guerrilleros –en El Salvador, Nicaragua, Colombia, Venezuela..-, entre los cuales hubo muchos misioneros, incluso españoles, en sus cuadros dirigentes. “Cristo con un fusil al hombro”, como los describió el maestro de periodistas Ryszard Kapúscinski.

No es casual, tampoco, que un misionero sea la voz narrativa de la novela. De su boca se asiste a la evolución de una Iglesia que fue a evangelizar “a los paganos” y terminó, en muchos casos, tomando las armas para defenderlos y en muchas ocasiones pagando con la vida por permanecer junto a ellos.

La finalidad del terror
“El retraso a la hora de hacer este libro no ha sido deliberado, pero ahora me doy cuenta de que, pasado el tiempo, se tiene una perspectiva más amplia de lo que aconteció en Guatemala en aquellos años”, dice Carro. Aunque la violencia y el racismo contra el pueblo maya habían existido siempre en este país, fue en los años 80 cuando adquirió la categoría de genocidio. Bajo el régimen de terror de Efraín Ríos Montt, el “Hitler de Centroamérica”, y de los que le sucedieron, los militares guatemaltecos dieron una lección al mundo de crueldad extrema. “La política que perseguía la táctica de Tierra Arrasada no era sólo eliminar la base social de la guerrilla –sostiene Carro-, con el tiempo se ha visto que este terrorismo de Estado se ejerció en muchas ocasiones en zonas donde no había guerrilla, pero sí importantes reservas de recursos naturales”.

¿Cuál era la finalidad, entonces? “Aquella táctica fue un asesinato masivo, un ejercicio del terror calculado para provocar el pánico entre los campesinos indígenas para que abandonaran sus tierras. No en vano, muchos de los territorios en los que habían vivido antaño, ahora son propiedad de multinacionales. Y peor aún, son propiedad incluso de algunos de los comandantes que llevaron a cabo las operaciones de limpieza”, denuncia Carro. “El ser consciente de esta realidad me llevó a cambiar el boceto original que había escrito, para relacionarlo con lo que está sucediendo actualmente en este país, que abrió su economía por las presiones del neoliberalismo y hoy en día casi todo el territorio pertenece a empresas extranjeras”.

La tierra, su propiedad y su uso, ha sido y es un factor de conflicto clave en América Latina. Por la tierra y su uso, por ejemplo, la United Fruit Company movilizó al Gobierno de EE UU para que la CIA organizara un golpe de Estado en Guatemala contra Jacobo Arbenz en 1954, que pretendía una reforma agraria, y se inauguró así una larga historia de intervencionismo militar en la política de este país.

“Para las poblaciones indígenas, no sólo en Guatemala, sino en todo el mundo, el principal reto es recuperar sus tierras. Todas las luchas se basan en esta premisa”, advierte el autor vasco. Y es que, en el caso del verdadero protagonista de esta novela, el pueblo Ixil, su existencia va unida indefectiblemente a su territorio. “Es un pueblo con una relación muy profunda y espiritual con la tierra que habitan. De hecho, no es sólo su medio de subsistencia. Han nacido en tierra Ixil, y cuando mueren, retornan a ella. Así ven el mundo, con una concepción circular”, destaca Carro.

“Quitarles la tierra es quitarles todo, por eso resistieron durante los peores años, por eso se aferraron a sus raíces”. Carro se refiere a la experiencia central que trata el libro. Las Comunidades de Población en Resistencia (CPR), creadas en el marco de la campaña militar de Tierra Arrasada en los años 80 que ocasionó decenas de miles de muertos y centenares de miles de desplazados. “No querían ser humillados y trasladados lejos de su tierra a aldeas-modelo –una táctica usada en Vietnam y enseñada a los comandantes guatemaltecos por EE UU en la infausta Escuela de las Américas-, así que decidieron resistir a la manera tradicional”, detalla. Escondiéndose en la montaña.

Allí, durante 12 años, varios miles de personas sobrevivieron a un acoso implacable y pagaron un precio muy alto por ello. “Eran bombardeados, asediados, perseguidos, pasaron hambre y privaciones escondidos entre la maleza, subidos a los árboles, con miedo a hacer ruido al respirar cuando las patrullas se acercaban”, relata el autor, que destaca los importantes esfuerzos que se llevan a cabo en Guatemala para recopilar y rescatar los testimonios de los supervivientes del genocidio.

Recordar y hacer recordar no para reabrir las heridas del pasado, sino como destaca el novelista vasco, “porque para comprender el presente, hace falta saber qué se hizo en el pasado y por qué”. “Porque antes de perdonar sin más y pasar página de los crímenes cometidos, hay que reconocer que ocurrieron”. Tal vez porque no sólo en Guatemala hace falta cerrar el círculo de la memoria.
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